Apenas terminó de hablar, alguien tocó a la puerta de la oficina.
Era Esteban con la gente de recursos humanos y mantenimiento.
Estaba clarísimo que Damián no pensaba dar marcha atrás; quería que se mudaran a su oficina.
Bianca se tragó su coraje y buscó una salida lógica:
—El tipo de trabajo que hacemos requiere un espacio privado, libre de mirones. La confidencialidad en el área de presidencia es muy estricta...
—Sí, pero Melisa se pasea por ahí como dueña —replicó Clara. Sentía, muy en el fondo, que Melisa era capaz de robarse la información para sabotearlas.
Bianca ignoró el comentario y, dirigiéndose a Esteban, dijo:
—Quiero que me instalen un sistema de cámaras ocultas en el área donde vamos a trabajar.
—Es la oficina del Señor Figueroa. Dudo mucho que lo permita —respondió Esteban.
Pero Bianca se mantuvo imperturbable, usando la misma carta corporativa que él:
—Es para proteger la integridad de nuestra base de datos y asegurar los avances del proyecto. Todo esto está estipulado en las cláusulas de seguridad del contrato.
Esteban dudó.
—Dame un momento, voy a preguntar.
—Otra cosa —añadió Bianca antes de que él se diera la vuelta—. Andarnos mudando a cada rato nos retrasa el trabajo. Me muevo esta vez y punto. Dile eso, por favor.
Si Damián le negaba ambas peticiones, entonces sí tendría un pretexto corporativo y válido para reventar el trato.
Lamentablemente, siempre que se enfrentaba a Damián sentía una opresión en el pecho que la acobardaba.
Frente a su presencia imponente, nunca lograba pensar con claridad. Cuando iba a confrontarlo, terminaba viéndose como una chiquilla inmadura y berrinchuda.
Sabía que tenía que trabajar en su autocontrol si quería sobrevivir.
Mientras tanto, volteó hacia Clara.
—Dejé mi grabadora encendida desde que salimos; tengo todo documentado. Si vuelven a hacernos una grosería como esta, la culpa es de ellos y tendremos armas para demandar compensaciones. Así, si esto llega a salir a los medios, la opinión pública los destrozará.
Clara se quedó sorprendida por la jugada de Bianca.
Esteban regresó al poco rato.
—El Señor Figueroa dio luz verde a ambas peticiones.
La respuesta fue tan rápida que Clara arqueó una ceja, mirando a Bianca.
—Fue una petición justa y amparada por contrato —dijo Bianca—. Él no es estúpido, sabe que tengo la razón; por eso accedió.
Al salir, Bianca volvió a cruzarse con Melisa.
Melisa le dedicó una mirada de total frialdad.

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