Jamás creyó que Bianca, quien siempre posaba de mujer educada, pudiera ser tan vulgar y salvaje.
¡Estaba actuando como una verdulera de barrio buscando pleito!
Pero esa explosión de violencia solo confirmaba una cosa: ¡los millones en acciones y propiedades listados en ese acuerdo eran exigencias suyas, y no regalos de Damián!
O lo hacía para ponerle un precio tan alto al divorcio que él no pudiera pagarlo, o simplemente quería desangrarlo económicamente.
Y ahora estaba histérica porque su sucia jugada iba a quedar al descubierto.
Era patético.
—Bianca, te lo juro, al principio hasta sentía lástima por ti —siseó Melisa, barriéndola con la mirada con asco—. Pero has demostrado que no tienes límites. ¿Cómo puede existir una mujer tan sinvergüenza y estúpida como tú en este planeta?
—Te pasaste la vida imitándome. A donde yo iba, tú ibas; si yo tomaba un proyecto, tú hacías lo mismo, mendigando que Damián te notara. Y ahora te arreglas como supermodelo para ver si logras retenerlo y no divorciarte, ¡hasta el punto de...
—¿Ya terminaste de escupir estupideces? —la cortó Bianca en seco, fastidiada.
—Si tienes algo más que decir, guárdalo y ve a ladrarle al señor Figueroa a su oficina.
Melisa se quedó parpadeando, descolocada por la respuesta.
Le parecía ridículo. ¿De dónde sacaba Bianca tanta insolencia?
Antes de que pudiera replicar, Bianca contraatacó:
—Dices que soy una descarada, pero te recuerdo algo básico: yo no soy la amante de nadie. Jamás he roto un matrimonio, ni he cometido un acto que me dé vergüenza. Mis principios, mis acciones y mi conciencia están limpios. Cualquiera puede juzgarme y saldré ilesa. Dime, Señorita Serrano, ¿puedes decir lo mismo?
El rostro de Melisa se desfiguró por el odio.
—Te he tenido compasión todos estos años... ¿Y así es como me pagas?
Bianca la ignoró como a una mosca y se volvió hacia Doña Perla, quien seguía petrificada.
—Le explicaré todo más tarde. Por favor, váyase a su casa ahora mismo.
La mujer mayor dudó. Sentía que esto era un escándalo familiar que no debía ventilarse frente a la otra. Asintió con la cabeza, dispuesta a subir a su auto y evitar el chisme.
Al verla retroceder, Melisa se convenció de que Bianca estaba acorralada y aterrorizada.

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