—Damián Figueroa nunca imaginó que la tecnología fuera precisamente mi fuerte. Su jueguecito le va a salir mal —dijo Bianca, esbozando una sonrisa cargada de ironía.
Vicente Ávila también sentía que era un golpe de suerte en medio del desastre.
—Si logras sacar esto adelante, te convertirás en una intocable en esta industria. Ya sea frente a las cámaras o tras bambalinas, serás la mejor.
—Ya no quiero tener nada que ver con la familia Paredes, Vicente. Por favor, diles de mi parte que el trato se cancela —añadió Bianca.
Vicente asintió, aceptando el encargo.
Bianca ya tenía listo su nuevo proyecto, partiendo exactamente de los documentos confidenciales que Damián le había mostrado.
Al regresar a su oficina, desvió la mirada intencionalmente hacia el despacho de Damián.
A estas alturas, ya debería haber firmado los papeles del divorcio, ¿verdad?
Moría de ganas por preguntarle cuándo tendría tiempo para ir al registro civil a oficializar la separación. Al fin y al cabo, la ley exigía un período de espera de treinta días, y tendría que aguantar todo ese tiempo antes de tener el acta de divorcio en sus manos.
Pero estaban en horario laboral; no era el momento adecuado para armar un escándalo por un tema personal.
Bianca suspiró, intentando enfocarse. Apenas se sentó, vio salir al licenciado Solís.
No sabía si era su imaginación, pero el abogado tenía un semblante terrible. Ni siquiera la miró; giró sobre sus talones y se marchó a toda prisa.
Además, ¿acaso tenía las manos manchadas de algo?
Intrigada, se levantó con la excusa de bajar a buscar un café para interceptarlo y preguntarle qué demonios había pasado.
Apenas llegó a los elevadores, Esteban se interpuso en su camino.
—El señor Figueroa quiere verla en su oficina.
Un mal presentimiento le revolvió el estómago.
Al entrar, esperaba encontrarse con Melisa Serrano y su séquito, pero no había nadie. Damián simplemente le tendió una carpeta.
—Te quedas esta noche. Vamos a trabajar horas extras.
Bianca tomó los documentos, pero se quedó clavada en el sitio.
Él levantó la vista.
—¿Pasa algo?
—¿Es solo para trabajar? —preguntó ella, apretando los labios y escrutándolo con la mirada.
Damián mantuvo un semblante de hielo.

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