Melisa sentía que la situación era completamente exasperante.
Bianca acababa de salir del baño tras retocarse, echarse unas gotas en los ojos y lavarse la cara. Apenas había dado unos pasos por el pasillo cuando sintió que alguien la agarraba bruscamente de la muñeca.
—¿Qué...? —murmuró Bianca. Pensando que era algún colega del trabajo, se secó el exceso de gotas con un pañuelo y giró el rostro, confundida.
Romeo Paredes se quedó pasmado al ver los ojos enrojecidos de Bianca.
¿Acaso había estado llorando?
Toda la rabia y los insultos que tenía preparados se le atoraron en la garganta. Solo logró fruncir el ceño.
—¿Tanto amas a Damián que estás dispuesta a tirar tu dignidad a la basura?
Bianca bajó la vista hacia la mano de Romeo, que le apretaba la muñeca con fuerza, y lo miró como si estuviera loco.
—¿Qué te pasa? ¡Suéltame! —exigió con voz gélida.
En el fondo de los ojos de Romeo asomó una extraña mezcla de frustración y lástima que ni él mismo entendía, pero no la soltó.
—Como hombre te lo digo directo a la cara: mientras más te humilles persiguiéndolo, más asco le vas a dar a Damián.
Se acercó un paso más, bajando la voz.
—¿Es que no te das cuenta? Perdiste a tu hijo y Damián ni siquiera se inmutó. No movió un solo dedo contra mí por lo que pasó con el bebé, y mucho menos rompió su amistad conmigo. ¿No te queda claro? ¡A Damián le importas un carajo! ¡No significas nada para él! ¡Deja de arrastrarte!
Romeo seguía sujetándola con fuerza, negándose a dejarla ir.
En el pasado no le importaba, pero ahora, ver a Bianca rogándole amor a Damián le revolvía el estómago.
¿Acaso se habían muerto todos los hombres del planeta?
¿Qué clase de mujer se humillaba tanto por un hombre? ¿Acaso no le quedaba un gramo de vergüenza?
Bianca soltó una carcajada seca, llena de veneno.
—Y como mujer, te digo muy claramente que te ha gustado tanto ser el perro faldero de Melisa que crees que todos son iguales a ti.
El rostro de Romeo palideció de rabia y la soltó de inmediato.
No podía creer que Bianca fuera tan malagradecida.

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