Hasta el último mechón de su cabello destilaba elegancia y sofisticación.
Por primera vez en su vida, Romeo sintió nervios. Respiró hondo y, justo cuando estaba a punto de dar el primer paso, vio que un camarero se acercaba a ella y le hacía una cortés reverencia.
El hombre le susurró algo al oído. Bianca, comprendiendo que se trataba de una invitación privada de Rogelio Soler, asintió.
Sacó una memoria USB de su bolso y le indicó al camarero que le mostrara el camino.
Al ver esto, Romeo se detuvo, decidiendo actuar como un caballero y no interrumpirla.
La siguió con la mirada, fascinado por la gracia de sus movimientos. Semejante belleza era una rareza absoluta.
Si la hubiera conocido antes, su abuelo no tendría que estar acosándolo para que se casara.
Él mismo habría corrido al altar.
Era la primera vez que la idea del matrimonio no le parecía una condena.
—¿Romeo?
Una voz familiar lo sacó de su ensoñación.
Eran Melisa y Damián.
Xavier Soler venía justo detrás de ellos.
Melisa lucía una sonrisa radiante.
—¿Qué haces aquí escondido?
Antes de que Romeo pudiera responder, Xavier intervino, burlándose:
—El otro día este idiota se reía de mí, y resulta que hoy, en mi propio barco, acaba de ver a la mujer de su vida. Me colgó el teléfono para venir a buscarla.
Damián arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
Romeo se encogió de hombros, divertido.
—La vi, pero un camarero se la llevó. Parecía que venía a una reunión de negocios; hasta traía documentos. Es hermosa, inteligente y ambiciosa. ¡Justo como me gustan!
Damián sonrió con leve burla.
—¿Y no vas a buscarla?

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