A pesar de todo, Bianca notó un detalle alarmante: en el puño de la camisa que Damián había dejado tirada en el suelo, había rastros de sangre.
La ropa que encontró definitivamente le quedaba enorme.
Cuando Bianca salió del vestidor, se sorprendió al ver que la abuela había ido a buscarlos.
La anciana la miró con el ceño fruncido y luego se giró hacia Damián.
—¿Me pareció escuchar que estaban discutiendo?
Damián no intentó ocultarlo.
—Hace un momento pensé que alguien sin escrúpulos había entrado a intentar seducirme.
La matriarca entendió la situación al instante y soltó una carcajada cómplice.
—¿Y bien? Ahora que ves lo hermosa que está tu esposa, ¿apenas te pudiste contener, verdad?
Bianca se quedó en silencio.
No tenía idea de qué decir ante semejante comentario.
Damián, por su parte, se encargó de llevar a la abuela hacia la puerta.
—Mhm. Te agradezco, mi querida viejecita, por cuidar de mi esposa mientras yo no estaba. Y sí, está realmente hermosa.
La abuela les guiñó un ojo con exagerada picardía.
Bianca lo notó y entendió el mensaje oculto a la perfección.
No era más que la presión de siempre: querían un bisnieto lo antes posible.
Pero Damián fingió demencia y se limitó a despedirla.
—Ve a descansar.
La anciana no se dio por vencida.
—A mi edad, ¿cuánto tiempo más crees que me queda? Lo único que pido antes de irme de este mundo es conocer a mi bisnieto. Ustedes dos, esfuércense un poco más para darme esa alegría, así podré morir en paz...
Damián la escoltó fuera de la habitación.
Bianca no supo qué excusas le dio en el pasillo.
Cuando él regresó, Bianca ya se había metido en la cama después de revisar a la bebé en el monitor.
Esa noche estaban en la mansión familiar, por lo que Damián no podía simplemente irse a dormir al cuarto de invitados.
Damián entró, encendió su laptop para revisar algo rápido, la apagó y se metió a la cama. Apagó la luz.

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