Vicente admiraba enormemente la capacidad de Bianca para mantenerse enfocada en sí misma.
—Nuestra Bianca es la mejor. ¿Ya estás lista para volver? Déjame verte.
Bianca encendió la cámara de su computadora portátil y dio un paso atrás para que Vicente la apreciara mejor.
—De verdad me he cuidado mucho.
Y el dinero daba sus frutos. A los cuarenta y cinco días de terminar su cuarentena posparto, Bianca parecía otra persona.
Había perdido todos los kilos del embarazo. Su peso ahora era perfecto y su figura era simplemente envidiable; incluso había logrado marcar su abdomen. Con sus curvas impecables, nadie creería que acababa de dar a luz.
Las pequeñas manchas oscuras que habían aparecido en su rostro durante el embarazo habían desaparecido gracias a los costosos tratamientos de ese mes y medio. Su piel lucía tan radiante y perfecta como la porcelana, sin un solo poro a la vista.
Vicente quedó maravillado.
—¡Estás tan hermosa que casi no te reconozco! ¡Incluso tu cabello se ve más abundante!
En su industria, amanecer trabajando y perder cabello por el estrés era lo más común.
Pero en ese mes, Bianca había renacido.
Al escuchar el alboroto, Clara asomó la cabeza por la pantalla. Sus ojos brillaron al ver a Bianca.
—¡Bianquita! ¿Eres tú? Hace un mes que no te veo... ¿Te cambiaste la cara?
—¿No sabes hacer un cumplido sin sonar rara? —la regañó Vicente.
Clara no pudo contenerse.
—¡Es que estás preciosa, eres una diosa! Es una belleza llena de seguridad y elegancia, tan natural y luminosa. ¡Bianquita, no sabía que al ponerte en forma te verías tan espectacular! Acércate un poco más, déjame verte bien. Tienes unas curvas de infarto, ¡estás divina!
Bianca se echó a reír.
—La abuela quiere celebrar que terminé mi reposo, así que iré a la mansión principal esta noche. Mañana me presento en la oficina, ahí podrán verme todo lo que quieran.
Tras colgar la llamada, Bianca revisó el estado de la pequeña bebé a través del monitor.
La niña también estaba mejorando. Había crecido, tomaba más leche y sus signos vitales eran completamente estables.
Ese mismo día, Bianca llegó a la mansión principal. Tanto la matriarca como don Severiano Figueroa se iluminaron al verla.
Para no interrumpir su descanso, habían evitado visitarla durante todo ese tiempo.
Bianca pasó un buen rato conversando con la abuela, dejando a don Severiano relegado a un lado, bufando y frotándose el bigote por la indignación de ser ignorado.

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