Ledo le ató el cordón del abrigo a Tesoro y le acomodó la capucha.
—Qué detalle tan bonito de parte de tu madre. Esto te protegerá bastante del frío. Si te sientes mal, dímelo de inmediato, no intentes hacerte la valiente.
—De acuerdo —asintió Tesoro.
Fue entonces cuando Mateo notó el semblante de la joven. Estaba inusualmente ruborizada. Preocupado, se acercó un poco más.
—¿Qué tienes? ¿Estás enferma?
—No es nada grave, solo un poco de fiebre —respondió ella.
Mateo se quedó atónito.
—¿Fiebre? ¡Entonces, por qué saliste! ¡Deberías estar descansando! ¿Ya te revisó un médico? ¡Vamos, te llevo al hospital!
—... Soy médico —aclaró Tesoro con paciencia—. Estoy bien, es una reacción normal de mi cuerpo. Ya me tomé un medicamento, no te angusties.
—¿Pero por qué te dio fiebre tan de repente? —insistió él, frunciendo el ceño.
Tesoro no quiso entrar en detalles.
—No es nada. Mejor vámonos ya.
Mateo asintió, aunque no muy convencido, y la escoltó hacia el carruaje.
Eric los observó subir con una expresión indescifrable.
Ledo, que ya estaba al lado del carruaje, notó que Eric se había quedado rezagado y lo llamó.
—Eric, andando.
El joven reaccionó al instante y caminó hacia ellos.
—Voy.
Ledo arqueó una ceja. Definitivamente había algo raro con él, pero no lograba descifrar qué era.
Mientras el carruaje se alejaba, los curiosos que se habían reunido comenzaron a murmurar entre ellos.
—¿Quién era ese muchacho? ¡Tiene unas habilidades increíbles!
—Dicen que es el hermano de Simone Ortega. Es un luchador de primera, por eso se atrevió a causar un alboroto frente a la casa de la Familia Dorado.
—Y vaya que los Dorado son unos cobardes. ¡Dejaron que les dieran una paliza en su propia puerta! ¡Qué humillación!
—El joven maestro de la Familia del Pozo también tiene agallas, viniendo a buscar gente a las puertas del enemigo. Hay que reconocerle su valor.
—...
Hugo Dorado escuchaba el reporte de su subordinado con la cara roja de furia.
—¡Son un atajo de inútiles! ¡No pueden ni encargarse de una tarea tan simple y solo nos hacen quedar en ridículo! ¡Ineptos! ¡Buenos para nada!
—Por favor, cálmese, don Hugo —intentó apaciguarlo el hombre—. No es culpa de nuestros hombres. Ese chico, Ledo Ortega, es un verdadero monstruo. Si queremos deshacernos de él, no podemos hacerlo a la fuerza bruta.
Hugo apretó los dientes, y el subordinado continuó:
—Tranquilo. Por muy bueno que sea peleando, en la Asamblea de Maestros del Vínculo sus puños no servirán de nada. Al no conocer el Arte del Vínculo, no podrá ayudar a los del Pozo. Y la Familia del Pozo quedará en ridículo igual.
—¡El orgullo que perdimos hace un rato, lo recuperaremos esta misma noche!
Hugo sintió que la ira cedía un poco ante esas palabras y soltó un bufido despectivo.
—Andando, vámonos al estadio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...