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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3855

—El principal problema es que aquí abajo no hay tecnología ni señal. Todo se tiene que hacer a la antigua, a pura investigación manual, lo que complica inmensamente las cosas —continuó Bernabé, tratando de justificarse.

—Aun así, soltaremos a nuestros informantes y veremos qué averiguamos. Te aseguro que pondremos todos nuestros recursos para encontrarlo.

Ledo lo observó fijamente.

—¿Y cómo planean buscarlo, exactamente?

—Usaremos nuestra red de contactos y a los Vínculos para rastrear cualquier rumor.

Ledo se quedó en silencio durante unos instantes.

—Está bien. Volveré más tarde para ver si tienen novedades. Mi compañero tiene bastantes recursos; si logran encontrar a este hombre, serán generosamente recompensados.

Bernabé parpadeó, sorprendido. Asintió de inmediato con entusiasmo.

—¡Perfecto, perfecto!

Pensaba que el chico simplemente iba a usar la fuerza bruta para obligarlo a trabajar gratis, pero ahora resultaba que había dinero de por medio. Era como un contrato lucrativo, y eso mejoraba mucho su humor.

—Voy a dar una vuelta por ahí —dijo Ledo, dándose la vuelta. Pero antes de salir, recordó algo y se detuvo—. ¿Conoces bien a ese viejo excéntrico?

Bernabé se encogió de hombros.

—Sé quién es, pero no diría que lo conozco íntimamente. Sé que tiene un carácter muy raro y que tiene una obsesión enfermiza con recolectar antigüedades u objetos extraños.

—¿Suele andar con alguna mujer? —preguntó Ledo.

Bernabé lo miró extrañado.

—Nunca he oído tal cosa.

—¿No has oído, o es un hecho que anda siempre solo?

—No tengo trato con él, pero aquí abajo los chismes vuelan. Se sabe que es un ermitaño. Siempre se mueve solo, vive completamente aislado y, definitivamente, no tiene ninguna mujer con él.

Ledo frunció el ceño.

—...

Era extraño. Aquel día en la tienda, estaba seguro de haber escuchado la voz de una mujer. Y por el tono que usaban, sonaban como si estuvieran muy familiarizados, como dos personas que compartían su día a día.

Pero solo escuchó la voz, nunca la vio. Era un detalle perturbador.

Tras un breve silencio, Ledo sentenció:

—Pongan a su gente a trabajar rápido. Pasaré en un rato. Espero que tengan algo sólido para entonces; no me gustaría decepcionarme. Y cuando me decepciono, suelo romper cosas... o personas.

Bernabé tragó saliva ruidosamente.

—Entendido.

En cuanto Ledo desapareció por el túnel, Bernabé se dejó caer pesadamente en su silla. Uno de sus hombres, pálido, se acercó.

—Jefe, ¿quién diablos es ese chico? Se mueve como un demonio.

Bernabé estalló en furia.

—¡Y yo qué voy a saber! ¡Maldita sea, hoy sí que pisamos un terreno peligroso! ¡Avisen a todos, muévanse y busquen a ese maldito viejo ya!

El subordinado tartamudeó:

—Pero... el viejo excéntrico tampoco es alguien con quien se deba jugar.

—¡Será todo lo que quieras, pero da menos miedo que el demonio que acaba de salir de aquí! ¡Vayan a buscarlo!

—¡Sí, señor!

Afuera de la cueva, Ledo caminaba tranquilamente, pero apenas avanzó unos metros, supo que lo seguían de nuevo.

Entrecerró los ojos y se adentró deliberadamente en un laberinto de formaciones rocosas. Cuando llegó a un recodo desierto y sin salida, se giró de golpe y ¡arrastró al espía fuera de las sombras!

Sin mediar palabra, Ledo le arrancó la máscara.

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