Al escuchar esto, Lázaro se quedó un poco pasmado. Luego, entrecerró los ojos y lo miró fijamente.
—¿Te interesan?
Ledo asintió. —Sí.
—Para alguien que no conoce el Arte del Vínculo, tratar de estudiarlos es extremadamente peligroso —advirtió Lázaro.
—No importa —respondió Ledo con naturalidad—. Si termino envenenado por esos bichos, no te echaré la culpa.
Lázaro apretó los labios.
—En La Selva, cuanto más poderoso y letal es un Vínculo, más caro se vende. ¿Tienes idea de cuánto valen estos? Si los pusiera en el mercado, la Familia Dorado y la Familia del Pozo se matarían por conseguirlos.
El rostro de Ledo se ensombreció. —¿Quieres dinero? ¿Cuánto?
—No quiero dinero —aclaró Lázaro.
Ledo rodó los ojos. —¿Entonces a qué viene todo esto?
—Quiero que entiendas lo invaluables que son.
Ledo chasqueó la lengua.
—Ya lo entendí. ¿Y luego?
Lázaro suspiró. —Y luego, siendo algo tan valioso, ¿por qué habría de dártelos? ¿Para qué quieres usarlos?
—Me llaman mucho la atención. Eso de 'atacar a distancia' me parece fascinante y me gustaría aprender a hacerlo.
—No sabes nada del Arte del Vínculo, jamás podrías controlarlos —insistió Lázaro.
—Ese es mi problema. Solo dime, ¿me los das o no?
Lázaro se quedó en silencio un segundo. —Volvemos a la pregunta inicial: ¿por qué habría de darte algo tan valioso?
Ledo frunció el ceño.
—Dime qué quieres y hacemos un intercambio.
Lázaro entrecerró los ojos. —Quiero a tu pequeña serpiente.
La expresión de Ledo se volvió gélida al instante. —¿Quieres morir?
Lázaro no se inmutó ni se enojó.
—Entonces no hay trato. No te daré esto gratis, a menos que... me dejes observarlo detenidamente por un momento.
Sabiendo que el anciano no tramaba nada bueno, Ledo se negó en rotundo.
—Entonces ya no los quiero.
Lázaro parpadeó. —¿Tanto te importa? ¿Ni siquiera puedo verlo?
—Es mi hermano —sentenció Ledo.
Lázaro, viendo que no cedería, bajó sus exigencias.
—No lo tocaré. Solo déjame verlo de cerca, y de paso, ¿me cuentas un poco sobre su historia? ¿Te parece bien?
Mientras hablaba, Lázaro sacó varios Vínculos microscópicos más y los puso frente a Ledo.
—Si aceptas, todos estos serán tuyos.
Ledo se sintió tentado, pero el temor a que Cano saliera lastimado fue más fuerte. Tragó saliva y se dispuso a rechazarlo.
—¡No l...!
Antes de que terminara la frase, Cano asomó la cabeza de repente y le sacó la lengua a Ledo: *Sí, acéptalos.*
Ledo murmuró en voz baja:
—¡Qué vas a querer tú! Escóndete rápido.
Cano volvió a sisear: *A mí también me interesan. Pídele algunos y los estudiamos. No te preocupes por mi seguridad, esos insignificantes bichos no pueden lastimarme.*

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...