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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3839

Al notar la mirada fija y desconcertada de Lázaro, Ledo preguntó:

—¿Pasa algo?

Lázaro guardó silencio por un par de segundos antes de admitir:

—Realmente eres un monstruo en esto.

Ledo ladeó la cabeza, confundido. —¿Eh?

Lázaro no le dio más explicaciones y siguió caminando detrás del guardia que los guiaba hacia el sótano.

El hecho de que un ser humano pudiera ser tan monstruosamente fuerte y, a la vez, capaz de esconder su nivel de poder de esa manera... lo hacía verdaderamente aterrador.

Él mismo, siendo uno de los mayores exponentes de La Selva, jamás podría ocultar su propia aura.

Era físicamente incapaz de suprimir la imponente presencia del Vínculo Maestro en su interior.

Por mucho que intentara mantener un perfil bajo, su mera existencia era una amenaza palpable para cualquiera que estuviera cerca.

Pero aquel niño... un niño que podía encender y apagar ese poder a su antojo... ese era el verdadero significado de la fuerza absoluta.

Ledo, ignorante de los complejos pensamientos que atormentaban a Lázaro, se sentía un poco aturdido por el repentino cumplido.

Apuró el paso para emparejarse con él y preguntó:

—¿Qué dijiste?

Lázaro, con la mirada al frente, le respondió con total solemnidad:

—No siento ninguna vergüenza por haber perdido contra alguien de tu nivel. De hecho, ha sido un verdadero privilegio cruzarnos en el camino.

Ledo parpadeó, aún más confundido. Antes de que pudiera pedir otra explicación, Lázaro añadió en un tono más autoritario:

—Cuando lleguemos con su líder, no te despegues de mi lado. No tienes que decir ni hacer absolutamente nada. Yo me encargaré de lidiar con ellos.

Ledo asintió con lentitud. —...De acuerdo.

Lázaro entró al ascensor, pero el guardia que los había estado guiando se quedó afuera, indicándoles con un gesto sumiso:

—El Jefe se encuentra en el cuarto sótano subterráneo. Allá abajo habrá alguien esperándolos para escoltarlos hasta él.

Lázaro ni se molestó en responderle. Las puertas metálicas se cerraron y la cabina comenzó su descenso.

Ledo aprovechó el encierro para saciar su curiosidad.

—¿Por qué todo esto está construido bajo tierra en lugar de en la superficie?

—Bajo tierra es más seguro.

—¿Por qué es más seguro? —insistió Ledo.

—Ya lo entenderás cuando lleguemos.

El ascensor bajó sin contratiempos hasta detenerse en el cuarto piso subterráneo.

Al abrirse las puertas, se toparon de frente con un hombre joven, extremadamente delgado y con un distintivo bigote recortado. Sus ojos emitían un brillo agudo e incisivo.

Evaluó a Lázaro con una mirada calculada y luego su atención se posó en Ledo. Frunció el ceño con desconfianza.

Señalando a Lázaro, ordenó:

—Usted venga conmigo. —Y, señalando a Ledo, sentenció—: El niño se queda aquí.

Ledo hizo un gesto de disgusto, pero antes de que pudiera protestar, Lázaro intervino con voz gélida:

—Él viene conmigo.

El hombre del bigote se mantuvo firme.

—Nuestro líder no recibe a forasteros. Y dejó muy en claro que solo aceptaría reunirse con usted.

La postura de Lázaro se volvió amenazante.

—Eso no me importa. Entrará conmigo.

El hombre del bigote torció el gesto, claramente ofendido por el desafío, pero intentando mantener el mínimo de cortesía por temor a las consecuencias.

—Señor, aquí tenemos reglas estrictas. El líder no se reúne con gente que no sea de la ciudad. Y, por lo que veo, este niño no es de La Selva, así que tiene prohibido el paso.

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