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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3806

Mateo explicó:

—En esos casos, se organiza una cacería. Los Maestros del Vínculo se unen para acorralarlo y atraparlo con una trampa.

—¿Y después de atraparlo? —preguntó Ledo.

—Si la trampa funciona, lo matan. Si falla, tienen que pensar en otra manera de volver a atraparlo.

—¿Qué clase de trampa usan?

—Usan a un Maestro del Vínculo.

Ledo alzó una ceja.

—¿Eh?

—Como se alimentan de los Vínculos Maestros que viven dentro de los practicantes, mientras más fuerte sea el Maestro, más irresistible es el aroma para la bestia —detalló Mateo—. Incluso si el Vínculo Umbrío sospecha que es una trampa, el hambre lo obliga a salir a cazar.

—Pero si la trampa falla... ese Maestro terminará muerto, ¿no?

Mateo asintió con solemnidad.

—Sí. Normalmente, un Maestro no tiene oportunidad en un combate directo contra ellos.

—O sea que el Maestro que sirve de carnada prácticamente se sacrifica por los demás.

—Exacto. Se les considera héroes.

Ledo entrecerró los ojos.

—¿Y cómo saben que están lidiando con un Vínculo Umbrío y no con uno normal?

—Su característica principal es que no soportan la luz del sol —explicó Mateo—. Aunque a casi todos los Vínculos les gusta la humedad y la oscuridad, necesitan un poco de sol de vez en cuando. Pero los Vínculos Umbríos, no. La luz solar les es insoportable.

—¿Mueren al contacto con el sol? —preguntó Ledo con curiosidad.

—No, pero les causa un daño gravísimo. Si murieran solo con eso, eliminarlos sería facilísimo: bastaría con atraparlos y tirarlos a la luz del día.

Ledo asintió pensativo.

—Entiendo. O sea que el sol solo sirve para dejarlos malheridos.

—Así es.

—¿Qué tanto los debilita en una escala del uno al diez?

Mateo miró a Anselmo para que lo ayudara a calcular.

—¿Quizás un cinco o seis?

Anselmo, que había estado escuchando en silencio todo el tiempo, finalmente intervino:

—Casi un seis o más.

—Eso es bastante daño —calculó Ledo—. Con un nivel de daño del seis y dejándolos a menos del cuarenta por ciento de salud, rematarlos no debería ser tan difícil.

Anselmo asintió con aprobación.

—Bajo circunstancias normales, así es. Pero dime, Ledo, ¿dónde escuchaste sobre esto?

Ledo no vio razón para ocultarlo.

—Hoy salí a dar una vuelta y me di cuenta de que las calles estaban casi vacías. De pronto, vi a un tipo con actitud sospechosa, me dio curiosidad y lo seguí.

»El tipo entró a una pequeña casa donde había un anciano. Parecía una especie de casa de empeño para cosas raras. El joven sacó algo para vender, y escuché que el viejo lo llamó 'Sello del Ánima'.

Anselmo frunció el ceño.

—¿En la Calle del Lucero?

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