Santiago la dejó ir.
—Valeria, no me vengas con trucos.
Él echó un vistazo a la comida sobre la mesa.
—Si te comportas, tal vez considere lo que me pides.
Valeria apretó los puños. Definitivamente Santiago no era alguien tan fácil de convencer.
Pero ahora mismo, Valeria no se atrevía a provocarlo de nuevo.
Levantó los pies lentamente y caminó hacia la mesita. La cadena hacía ruido al arrastrar por el piso.
Ese sonido la llenaba de vergüenza. No tenía ni una pizca de hambre.
—Vamos, come. Son todas cosas que te gustan.
Santiago se sentó frente a ella y la miró con una sonrisa.
—Date prisa, si se enfría te va a caer mal.
Valeria miró los platos que tenía enfrente. Era cierto que todos eran de su agrado.
Pero verlos ahora le daba náuseas.
Santiago la miraba fijamente. Aunque sonreía, había algo muy turbio en sus ojos.
Valeria bajó la mirada, tomó el tenedor y se llevó comida a la boca. Sabía a cartón.
Santiago agarró otro tenedor, tomó un pedazo de carne y se lo acercó.
—Come más, te veo muy flaca.
Valeria abrió la boca bajo esa mirada siniestra. Se llenó la boca de comida y las ganas de vomitar se intensificaron.
Masticaba como una máquina, sin sentir nada. Santiago la miraba en silencio.
Al final, Valeria no pudo más. Soltó el tenedor, se tapó la boca, se levantó y salió corriendo al baño.
La cadena golpeaba el suelo, dejando muy claro lo desesperada que estaba.
Valeria se puso de rodillas frente al inodoro y vomitó todo.
Santiago escuchaba los sonidos terribles que venían del baño. Cerró los puños que tenía sobre las piernas hasta que le dolieron.

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