ARES BECKETT
En cuanto aterrizamos en Nueva York, fuimos escoltados bajo un fuerte operativo de seguridad directo a la sede de Beckett Industries. El vestíbulo del edificio estaba infestado de reporteros y fotógrafos que se aglomeraban como buitres hambrientos.
Subimos por el ascensor privado directo a mi piso. Un equipo de estilistas ya nos esperaba con ropa formal. En pocos minutos, yo vestía un traje oscuro, y a Rubi la habían cambiado a un vestido de tubo chic y elegante.
Cuando nos encontramos en el pasillo que llevaba al auditorio de prensa, le ofrecí mi brazo.
— ¿Solo tengo que subir al escenario y poner cara de póker, o por fin me vas a contar cuál es tu plan? — preguntó Rubi, sosteniendo mi brazo con firmeza mientras caminábamos.
— Es mejor que no parezcas sorprendida, sin importar lo que diga ahí enfrente — advertí.
Rubi suspiró, mirando hacia el frente y levantando la barbilla con altivez.
— Eso significa que vas a mentir descaradamente.
— Solo confía en mí, esposa.
Las puertas dobles del auditorio se abrieron. El ruido de los flashes estallando y de los reporteros gritando preguntas casi nos ensordece. Caminé hasta el podio con Rubi a mi lado, asumiendo el control del salón solo con mi presencia.
Levanté la mano, exigiendo silencio. En pocos segundos, los murmullos cesaron.
— Buenas tardes a todos. Ustedes leyeron lo que se publicó. Hicieron graves acusaciones sobre un supuesto contrato financiero que involucra mi matrimonio. — Miré a las cámaras. — Estoy aquí para afirmar que el documento que se filtró es, en efecto, verdadero.
El salón entero se quedó sin aliento en un shock colectivo. Los flashes parpadearon aún más rápido, como una tormenta de rayos. Miré de reojo a Rubi. Exactamente como se lo había pedido, no demostró ninguna reacción. Su expresión era una máscara perfecta de serenidad. Ella estaba confiando en mí.
— Sin embargo, la historia no es la que están pintando — continué, empezando mi pequeña mentira. — El contrato es real, pero mi matrimonio también lo es. La verdad es que yo quería casarme con mi esposa desde hace mucho tiempo. Pero mi suegro solo me concedió la mano de su hija en base a ese acuerdo financiero, ya que mi esposa, en aquel entonces, no correspondía a mis sentimientos.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Señor CEO, su esposa gorda se convirtió en una diosa!