Alexander la miró con atención. No esperaba aquella reacción de su parte. Por un momento pensó que Valentina le exigiría saber por qué acudía a una psicóloga, pero en lugar de eso había respetado su decisión de no hablar del tema. Aquella mujer a la que todos habían considerado malcriada y caprichosa estaba demostrando un lado mucho más maduro del que pocos habían llegado a conocer.
—¿Podrías por lo menos tener un trato profesional con ella? —susurró Valentina—. Y que te llame Alexander…
Alexander arqueó las cejas. No terminaba de entender por qué aquello parecía importarle tanto.
—Odio que te llame Alex, ¿qué se cree? Ni siquiera yo te acorto el nombre —respondió Valentina, cada vez más molesta.
—Puedes decirme Alex si quieres —comentó él despreocupadamente.
Valentina le dio un leve empujón y cruzó los brazos. Entrecerró los ojos, clavando su mirada en él.
—¡Jamás te diré Alex! ¿Quedó claro? Y no quiero que esa perra psicóloga te llame con tanta confianza. Me importa una m****a si son amigos, y si cogieron, fue en el pasado. Ahora es solo tu psicóloga y debe comportarse como tal. ¿Entendiste?
Alexander la observó en silencio. Definitivamente, Valentina estaba celosa. Y, por alguna razón, aquella faceta posesiva de su esposa le resultaba mucho más divertida de lo que debería.
—Entendido —dijo él, con una sonrisa ladeada.
—Tampoco dejes que te toque ni que esté demasiado cerca de ti —añadió Valentina—. De preferencia, no debes acercarte nunca a ninguna mujer. Tienes que mantenerte alejado de ellas al menos cinco pasos y, por nada del mundo, deben tocarte. ¿De acuerdo?
Alexander arqueó las cejas mientras escuchaba todas sus indicaciones. Era evidente que Valentina estaba llevando sus celos demasiado lejos. Aceptar aquello sería prácticamente imposible; por cuestiones de trabajo tenía que tratar con mujeres constantemente y sería una descortesía negarse siquiera a saludarlas.
— Valentina, hay mujeres accionistas en el corporativo, también con quienes tengo proyectos, no puedo simplemente no saludarlas por lo menos de mano — Dijo Alexander con una sonrisa nerviosa.
—Bien, pero solo apretones de mano y trata de que tu asistente siempre esté presente —dijo ella, resignada.
Alexander rio y negó con la cabeza. Su esposa estaba completamente loca, pero aquella faceta posesiva le encantaba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....