Valentina sentía las manos de Alexander recorrer sus piernas con precisión, aliviando poco a poco el dolor que había estado sintiendo. Cuando volvió a masajear sus muslos, esta vez sobre la tela de su camisón, un gemido escapó de sus labios de manera inesperada.
Alexander sonrió, le acomodó las piernas a los lados de la cadera y siguió con el masaje. Valentina fue aflojando el cuerpo poco a poco, entregada a la presión de sus manos.
Mantuvo el ritmo a los lados de su vagina. Metió los dedos más al fondo por debajo del camisón, sobando con fuerza y hundiendo las palmas para apretarle los labios hacia adentro.
Valentina no dejó de recibir el masaje, aunque los toques firmes en su vagina le sacaban suspiros más hondos. Alexander no aflojó las manos; siguió sobando con fuerza, hundiéndole los dedos en el centro para mantener la zona relajada bajo su peso.
—Alexander… —gimió su nombre, perdiendo la fuerza en el cuerpo.
—Tranquila, solo es un masaje —murmuró él con voz ronca, sin detener los dedos.
Valentina asintió y dejó que él continuara. Convenciéndose de que solo era un masaje, se apretó contra la cama. Pero cada movimiento de Alexander comenzaba a excitarla, a mojarle la vagina hasta desear que la cogiera ahí mismo. No se lo pediría; no quería que él pensara que solo le interesaba el sexo.
Alexander notó cómo ella se humedecía bajo la presión de sus manos y sonrió para sus adentros. Sabía exactamente lo que estaba provocando y no tenía ninguna prisa. Mantuvo los dedos sobándole los lados de la vagina, apretándosela con fuerza, disfrutando del control total que tenía sobre su cuerpo.
Valentina apretó las sábanas con los puños, intentando disimular el temblor de sus muslos. Los movimientos de él eran lentos, la estaban volviendo loca mientras le vendía la idea de que solo la estaba cuidando. Cada apretón en sus labios la dejaba más empapada, haciéndole casi imposible mantener la boca cerrada.
—¿Te gusta? —preguntó Alexander, tratando de mantener la seriedad en la voz.
Valentina solo asintió. Tenía la respiración entrecortada mientras intentaba ahogar los gemidos.
Alexander contuvo la risa. Le levantó las piernas y se las acomodó sobre los hombros. Le fascinaba esa inocencia de ella, lo volvía loco. Sin detener el movimiento de las manos, se inclinó hasta hundir la cara entre sus muslos.
Valentina abrió los ojos de golpe al sentir la lengua caliente y húmeda de Alexander deslizarse a lo largo de su vagina.
—¡Alexander! —gimió, arqueando la espalda.
Él no se detuvo. Le abrió los labios con los dedos para meterle la lengua directo en la humedad, lamiéndola de abajo hacia arriba con trazos firmes y constantes. Valentina apretó los muslos contra los hombros de Alexander mientras los jadeos se le escapaban sin control.
La sujetó duro de la cadera para no dejarla moverse, saboreándola despacio, disfrutando de cómo ella se deshacía abajo de él.
—¡Carajo! ¡Sigue así! —gimió ella, enredándole los dedos en el cabello para hundirle la cara con más fuerza contra su coño.
Alexander hundió la lengua más profundos en ella, mientras sus dedos volvían a apretar sus labios vaginales.
A Valentina se le cortó la respiración. El cuerpo entero se le tensó cuando el orgasmo la golpeo por completo. Le apretó la cabeza contra el coño, temblando en una sacudida que la dejó sin aire y sin fuerza en las piernas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....