Valentina llegó a la recámara furiosa. Le ardía la mano por la bofetada que le había dado a Anthony, pero no se arrepentía. Ese imbécil se había atrevido a insultar a Alexander y no estaba dispuesta a permitirlo.
En ese momento, Alexander entró a la recámara y la observó durante unos segundos mientras ella caminaba de un lado a otro, todavía molesta.
—Imbécil de m****a... —chistó con rabia, frotándose la mano enrojecida.
—¿Me estás insultando? —preguntó Alexander.
Valentina dio un pequeño salto de sorpresa y se giró hacia él. Estaba de pie junto a la puerta, que acababa de cerrar.
—¿Por qué piensas que es a ti? ¿Acaso dije cuatro ojos? —respondió, frunciendo ligeramente el ceño.
Alexander entrecerró la mirada. Entonces se percató de que Valentina seguía frotándose la mano. Se acercó a ella, la tomó con suavidad y observó el enrojecimiento que cubría su palma.
—¿Qué te pasó? —preguntó Alexander, levantando la mirada hacia ella.
—Le pegué al imbécil de Anthony... y me dolió —murmuró Valentina, haciendo un pequeño gesto infantil mientras miraba su mano.
Alexander arqueó las cejas y continuó frotando suavemente la mano de Valentina. Debió haber usado demasiada fuerza para que terminara con la mano así.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó.
—Porque te dijo nerd... —murmuró Valentina.
Alexander se quedó mirándola, sin saber qué pensar de aquella respuesta. A él no le importaba que lo llamaran de esa manera, pero Valentina acababa de defenderlo por algo tan insignificante. No pudo evitar que aquel gesto le causara cierta satisfacción.
—¿Cómo vas con el señor Montero? —preguntó Valentina, cambiando de tema—. ¿Crees que puedas cerrar el negocio con él?
Alexander se encogió de hombros. Aunque odiaba a Anthony Solís, no podía negar que había presentado buenas propuestas durante la reunión. Aun así, él tampoco se quedaba atrás y tenía una ventaja que Anthony no podía igualar: la propuesta que Valentina había hecho la noche anterior había despertado bastante interés en Gabriel Montero.
—Nos reuniremos de nuevo esta noche, durante la cena —respondió Alexander.
—Entonces, ¿tenemos toda la tarde para nosotros? —preguntó Valentina con picardía, acercándose a él y apoyando las manos sobre su torso—. Me debes un masaje.
Alexander soltó una pequeña risa al recordar su promesa y negó con la cabeza, aunque una sonrisa divertida apareció en su rostro.
—Bien, ¿qué te parece si nos damos un baño y después te hago tu masaje? —propuso Alexander, dándole un beso en la punta de la nariz.
Valentina asintió emocionada, imaginando que podría darse un baño con él. Pero antes de que pudiera responder, el teléfono de Alexander comenzó a sonar. Él lo sacó del bolsillo de su chamarra y, al ver el nombre en la pantalla, su expresión cambió por completo.
El rostro de Alexander se tensó y se apartó de Valentina, fijando la mirada en la pantalla de su celular.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....