—¿No te preocupa el estado emocional de Zacarías cuando despierte? —preguntó Camila.
El rostro de Walter palideció al responder: —¿Cómo podría no estar al tanto de la situación de Zacarías?
—¡Soy yo quien se encarga de sus gastos médicos!
—Además, tarde o temprano recuperará la conciencia, ¿no es así?
—He negociado una alianza comercial con el señor Lombardini para apoyar a la familia Méndez. Zacarías sin duda valorará mis esfuerzos cuando despierte. ¿Por qué habría de sentirse devastado?
Walter le lanzó a Camila una mirada de leve desaprobación y dijo: —Cami, si me hubieras contado todo esto cuando aún estabas comprometida con Zacarías, tal vez habría estado más dispuesto a escucharte.
—Pero mira la situación ahora.
—¿Te preocupa que el señor Lombardini malinterprete tu preocupación por Zacarías ahora que estás casada?
Las palabras de Walter parecían advertir a Camila sobre los sentimientos de Dámaso, pero su verdadera intención de sembrar discordia era evidente. Miró de reojo a Dámaso, dejando claro que le incomodaba la relación entre Camila y Zacarías.
Sin embargo, Dámaso no se inmutó.
—Tío Walter, si no hubieras mencionado el pasado, casi lo habría olvidado.
—Zacarías le propuso matrimonio a Cami en su momento más oscuro y se convirtió en su mayor apoyo. Ahora, arriesga su vida para protegerla ante el peligro…
—Zacarías es un amigo de toda la vida y un benefactor tanto para Cami como para mí.
Su mirada penetrante recorrió fríamente los rostros de Walter y Chad mientras continuaba: —Pero parece que he cometido un error.
—Fue Zacarías quien nos mostró bondad, no la familia Méndez.
Dámaso se puso de pie de repente. Tomó la mano de Camila y exclamó: —Entiendo la propuesta del tío Walter. Consideraré la colaboración cuando lo crea conveniente.
—¡Olvidémonos de esta comida!
La pareja abandonó el lugar visiblemente molesta y frustrada.
Walter permaneció sentado en la mesa, mordiéndose el labio con impotencia. Lanzó una mirada furiosa hacia donde se había marchado Dámaso y murmuró entre dientes: —¡Qué presumido!
—Tranquila.
Dámaso la abrazó y la consoló: —Si cenar con ellos te incomoda, podemos salir a comer solos.
—¿Qué te gustaría comer?
—¿Comer? ¡Estoy demasiado furiosa para comer!
Camila se volvió hacia Dámaso y exclamó: —¿De verdad tenemos que considerar colaborar con la familia Méndez? —Su mandíbula se tensó y sus ojos brillaron con determinación.
—¿Quién querría hacer negocios con personas que tratan así a su propio hijo?
Dámaso le revolvió el cabello con ternura y la tranquilizó: —Subestimas a tu esposo.
Camila se quedó sorprendida.
Lo miró a los ojos y tartamudeó: —¿Qué quieres decir? ¿Estás pensando en colaborar con ellos?

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