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Renacer: Reina de Oro, Ex de Barro romance Capítulo 105

—Ana, ¿hacia dónde vamos?

Al salir de la construcción, Leonardo levantó la mano para detener un taxi, pero Ana se la bajó suavemente.

—Vamos a caminar. Falta una hora y media para que empiecen las clases; caminando llegamos en cuarenta minutos.

Leonardo la miró incrédulo.

—Oye, no hay necesidad de ahorrar tanto, Ana...

—Se llama ejercicio cardiovascular, y de paso... —Ana levantó la vista y observó el entorno—, quiero analizar bien esta zona.

En los próximos cinco años, este distrito se convertiría en la zona residencial más exclusiva y próspera de Puerto de la Ribera. Aprovechando que estaba ahí, quería echar un vistazo. Primero, para recolectar datos y estar lista por si Mauricio Mondragón llegaba a dudar de los planes tecnológicos que pronto le propondría. Segundo, y más perturbador, quería recordar con exactitud el lugar donde había sido asesinada en su vida pasada.

Leonardo no entendió ni una palabra de eso, pero tampoco le dio vueltas. Poder caminar cuarenta minutos enteros al lado de Ana, hombro con hombro... ¡eso era prácticamente la cita con la que siempre había soñado!

Haberla seguido había sido, sin duda, la mejor decisión del mundo.

—Está bien, lo que tú digas. Al final llegaremos de todos modos.

Si de casualidad se topaban con alguna cafetería, le invitaría un frappé y caminarían juntos hasta la escuela, como dos almas gemelas. Algo que Julián jamás había hecho con ella.

Mientras tanto, siguiéndolos de cerca, Quintino frunció el ceño.

—¿Qué demonios hace esta niña? Ya salieron de la construcción y no tomaron ni taxi ni autobús, ¿qué tanto hacen caminando por ahí?

Su matón de confianza negó con la cabeza.

—¿Y si ya nos vieron y solo nos están dando vueltas para burlarse?

Quintino le soltó otro coscorrón en la nuca.

—Hablas como si nosotros fuéramos los estúpidos aquí.

—Es solo una estudiante, ¿cómo demonios se iba a dar cuenta de que la seguimos? Deja de ver tantas películas.

El matón se calló, pero sugirió tímidamente:

—Don Quinto, ¿por qué no actuamos de una vez antes de que lleguen a una calle más transitada?

Antes de que Quintino pudiera asentir, el conductor intervino:

—Jefe, acaban de bajar hacia el paso subterráneo.

Esa zona era imposible de transitar en la camioneta.

Quintino apretó los dientes.

—Tú, tú y tú, bájense y síganlos. Quiero saber exactamente hacia dónde van.

El paso a desnivel conectaba cuatro avenidas, pero Ana, por supuesto, tomó la dirección que llevaba de regreso a la escuela.

En su vida pasada había recorrido esa zona infinidad de veces, pero hacerlo ahora, reviviéndolo por primera vez, le provocaba una sensación extraña.

Leonardo tenía la cabeza en las nubes, pensando solo en ella. Si Ana iba a la izquierda, él iba a la izquierda; si ella se detenía, él también. Moría por decirle mil cosas, pero cada vez que lo intentaba, ella lo interrumpía para preguntarle si ya se había aprendido de memoria las preguntas que le dio, o para saber si le había gustado la vianda de Doña Julia.

Caminaron cuadras enteras y Leonardo no había logrado mencionar ni una sola palabra sobre sus verdaderos sentimientos.

Justo cuando había reunido el valor necesario para preguntarle si estaba libre ese domingo, Ana se detuvo de golpe.

—Leonardo, ¿quieres jugar?

Leonardo curvó levemente los labios. Daba igual, si ella estaba feliz, él también lo estaba.

Los matones que Quintino había enviado a pie le marcaron por teléfono para darle la ubicación. Le dijeron al conductor a dónde ir y cuando por fin llegaron... ¡¿Se los encontraron jugando maquinitas?!

De pronto, Quintino sintió que se estaban burlando de él. ¿Acaso Ana creía que él no tendría el valor de atacarla a plena luz del día?

—Don Quinto...

—¡No estoy ciego, ya los vi! ¿Qué quieren que haga ahora? ¿Quieren que el dueño del local llame a la policía? —gruñó, señalando la enorme cámara de seguridad que los vigilaba desde la esquina como una amenaza latente.

El matón volvió a cerrar la boca.

Ana jugó durante unos diez minutos antes de darse por satisfecha y decidir que era momento de irse.

Leonardo, en cambio, no quería moverse de ahí.

Ana lo miró fijamente.

—Vámonos, perder el tiempo en vicios arruina la mente.

Leonardo suspiró resignado. Menos mal que no estaban en una competencia en línea, o ella lo habría regañado tanto que hasta habría perdido puntos de experiencia.

Quintino y los suyos casi se quedan dormidos esperando en la camioneta. A mitad del camino, Ana se detuvo a comprar unos helados que Leonardo pagó gustoso. Mientras disfrutaba del mismo helado que ella, Leonardo se sentía el hombre más afortunado del mundo; incluso con el sol ardiente haciéndolo sudar a mares, valía totalmente la pena.

—Don Quinto, si no nos movemos ahora, van a llegar a la escuela.

Quintino apretó los dientes. No era la primera vez que tenía la impresión de que Ana estaba jugando con ellos. Y de hecho, era cierto: Ana estaba jugando con alguien, pero no con ellos.

El objetivo de su paseo era despistar al investigador anónimo que Mauricio aún no había cancelado.

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