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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1299

Lázaro sintió de pronto un poco de arrepentimiento.

No debió haber dejado que su suegra y el Sr. Yago se quedaran hace un rato.

Pero considerando que la principal razón de su prisa por volver era cuidar a los niños, tampoco podía retrasarlos solo por sus propios deseos.

Al ver a su esposa con esa actitud de resistencia absoluta, era evidente que todavía no superaba el momento de «trágame tierra».

Lázaro soltó un suspiro, guardando el vestido rojo con pesar.

—Está bien, si no quieres, no te lo pongas.

Pero en su mente ya hacía cálculos: quedaba mucho tiempo por delante.

Cuando todo esto pasara, encontraría la manera de convencerla para que se lo pusiera, solo para sus ojos.

Karina no tenía idea de que ese minivestido rojo de tirantes, que ella ahora detestaba, se convertiría en la mayor debilidad de Lázaro.

En los días por venir, ya fuera en viajes de negocios o vacaciones, ese toque de rojo siempre viajaría escondido en algún cierre de su maleta.

Y, de vez en cuando, lo sacaría para intentar persuadirla con mimos de que se lo modelara.

...

Aunque Lázaro no logró que Karina se pusiera el atrevido vestido, eso no les impidió tener una noche de lo más escandalosa.

De la suavidad de la cama a las paredes de la ducha.

Y luego, de la bañera llena de espuma a la fría superficie de mármol del lavabo.

El espejo reflejaba sus siluetas entrelazadas, envueltas en el vapor que cargaba el aire de puro deseo.

Karina sentía que era un pequeño bote a merced de una tormenta, incapaz de controlar su propio rumbo.

Estaba al borde del colapso, preguntándose qué había hecho para merecer eso.

¿De qué estaba hecho este hombre?

¡Era inhumano tener tanta resistencia física!

Para cuando volvió a abrir los ojos, el sol que se filtraba por las cortinas ya lastimaba un poco.

Medio dormida, buscó el celular a tientas para ver la hora.

La una de la tarde.

Si no contaba el tiempo que Lázaro había estado en su reunión de negocios y las horas que ella pasó dormida, él había estado ocupado sobre ella prácticamente un día y una noche sin parar.

De pronto, las sábanas se movieron a sus espaldas.

Una mano grande e indecorosa se coló por su cintura, sujetándola con fuerza.

El tacto firme y ardiente dejaba sus intenciones más que claras.

El aliento de Lázaro chocó contra su nuca. Su voz sonaba ronca por el sueño, pero con una energía aterradora:

—¿Ya despertaste?

Mientras hablaba, su mano comenzó a vagar sin ningún pudor.

Obviamente, quería seguir.

Esta vez, Karina se asustó de verdad.

Despertó de golpe, atrapando su mano inquieta, y con voz temblorosa suplicó:

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