Sin inmutarse, Karina replicó:
—A palabras necias, oídos sordos. ¿Por qué iba a creer en unos chismes sin fundamentos?
—En cambio, usted parece estar muy interesado en mis asuntos familiares, Sr. Abyss.
Abyss resopló con ironía. Evidentemente, no le creía.
—¿De verdad? Pues su actitud en el almuerzo demostró todo lo contrario.
Karina no lo negó.
Lo miró directamente a los ojos y confesó con naturalidad:
—Al fin y al cabo, soy la esposa del involucrado. Tenía que mostrar alguna reacción para cumplir con las expectativas del público.
—De otro modo, el escándalo habría empeorado, y todos habrían pensado que soy una mujer a la que cualquiera puede pisotear.
En ese momento, sus labios se curvaron en una sonrisa maliciosa:
—Pero, por cierto, quiero agradecerle.
—En el almuerzo, gracias a sus flores, pude usarlo a usted para sacarme un peso de encima.
Abyss apretó la copa con tanta fuerza que los dedos se le pusieron blancos.
Entonces, el haber mandado esas flores con tanto esmero... ¿solo le había servido a ella como una herramienta para vengarse?
Cuando la había ayudado, no le dio las gracias.
Cuando le envió las flores, las usó para su propio beneficio.
¡Todo lo que a ella le importaba y protegía era a ese hombre de apellido Juárez!
Una ira y unos celos indescriptibles se desataron en su interior.
De la rabia, soltó una carcajada; una risa cargada de un frío que ponía los pelos de punta.
—Veo que, en lugar de estarme agradecida por salvarla, prefirió utilizarme.
—Karina, usted en verdad... es alguien muy cruel.
Dicho eso, levantó la copa y se bebió todo el champán de un trago, como si descargara su furia en la bebida.
Luego, golpeó la copa vacía contra la mesa de mármol, la soltó al instante y hundió la mano en el bolsillo del pantalón.
Giró la cabeza para no verla, como si estuviera reprimiendo alguna emoción a punto de estallar.
Pero esa serie de movimientos hizo que Karina entrecerrara los ojos.
Le resultaba todo demasiado familiar.
Había visto esos mismos hábitos en alguien más.
Cuando ese alguien estaba sumamente enojado y debía controlarse, se bebía el vaso de un solo trago, lo golpeaba contra la mesa y escondía la mano en el bolsillo.
Era un gesto subconsciente y típico para disfrazar su furia.
Karina observó a Abyss, y un escalofrío le recorrió la espalda.
¿Por qué este hombre tenía exactamente los mismos tics que Valentín Lucero?
Estaba asustada y a punto de decirle algo para intentar probarlo, cuando una voz femenina la interrumpió de repente:
La mano de Karina se paralizó por un momento sobre la copa.
Bárbara se inclinó y bajó la voz, con el aire superior de quien acaba de triunfar:
—Karina, quizás me hayas ganado en los negocios.
—Pero en el amor, yo te supero con creces.
—Ambos son herederos de la familia Juárez. Sin embargo, yo elegí al Sr. Francisco, que es leal y no tiene a ninguna otra mujer a su alrededor.
—En cambio, tu adorado Sr. Lázaro... tiene a su primer amor ocupándole el corazón y tratándola como a su hermana menor. Supongo que tu vida no debe ser muy fácil, ¿no?
Karina frunció el ceño; le parecía que Bárbara estaba perdiendo la cabeza.
No había punto de comparación en eso.
Sin mencionar si un hombre tan oscuro y calculador como Francisco Juárez de verdad era "leal".
Usar algo así para intentar competir resultaba sumamente infantil.
Karina dejó su copa en la mesa y le habló con voz serena:
—Pues la felicito, Srta. Bárbara, por haber encontrado a un buen partido.
Esa sensación de golpear el aire la enfureció aún más.
Lo que más odiaba de Karina era esa actitud inquebrantable y pacífica, como si nada en el mundo pudiera afectarla.
Bárbara apretó los dientes y, sin rendirse, insistió:
—¿De verdad no te importa que tu marido haya querido enamorar a otra mujer antes que a ti?

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