—Cici, hazlo —dijo Saúl.
Cecilia sacó su maletín médico y le administró unas inyecciones de neuroestimulación directamente en puntos clave de la cabeza para iniciar el tratamiento.
Una hora después, Cristian mostró mejoría.
¡Sus labios al fin reaccionaron!
—Señor Rivas, mis conocimientos médicos pueden hacer que vuelva a ponerse de pie —le aseguró Cecilia.
—¡Entonces apúrate y cúrame! ¡Hazlo y te juro que te recompensaré con creces, Cecilia! —logró articular Cristian con voz ronca y débil.
—Puedo curarlo, pero tiene que cumplirme una condición.
—¿Qué condición?
—¡Quiero que firme su testamento y un poder legal pasándole todas sus acciones del Grupo Rivas a Leandro!
Cristian abrió los ojos de par en par y clavó la mirada en Leandro, que estaba a su lado.
—¡Tú... hijo malagradecido! ¡Te pusiste de acuerdo con ellos para tenderme una trampa! Y tú, Saúl, ¡¿también quieres rebelarte contra mí?!
Leandro soltó una risa fría.
—La base del Grupo Rivas siempre fue la empresa de los Ledesma. Todo esto nunca te perteneció, ¿qué más da si lo devuelves? ¡Solo estoy recuperando lo que es de la familia de mis abuelos maternos!
—¡Tú... desgraciado! ¡Eres un desgraciado! —balbuceó Cristian, alterándose por completo.
Cecilia intervino con tono burlón:
—Señor Rivas, le sugiero que se calme. Si le da otro coraje y se le sube la presión, ni yo podré salvarlo. Me temo que se quedará postrado en esta cama como un vegetal. Estos días no la ha pasado muy bien que digamos, ¿verdad?
Al escuchar esto, Cristian se tragó su furia de golpe. Tenía el rostro descompuesto.
Llevaba un par de días postrado en esa cama, sin poder hablar ni moverse; literalmente era un prisionero en su propio cuerpo.
¡Era un infierno!
Él, que alguna vez fue el rey del mundo empresarial, no podía tolerar semejante humillación.
—Papá, te aconsejo que aceptes. Sé que nunca me quisiste, que tu favorito siempre fue Kevin. Nunca te odié, pero tampoco te quise. No me interesa ni un peso de los Rivas. ¡Es hora de que pagues por todo el daño que hiciste hace décadas! Si le entregas las acciones a Leandro, te aseguro que podrás pasar tus últimos años en paz. ¿No te parece un buen trato? —intentó razonar Saúl.

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