—¿Estoy oyendo bien? ¿Ahora quieren a Saúl? ¿No se supone que ya “cambiamos” de identidad? El prometido de Noa es Ismael; hace nada andaba presumiéndomelo en la cara. ¡Ni siquiera han arreglado lo de su boda con los Salinas y ya ahora se les antoja mi prometido!
A la familia Valdés se le borró la sonrisa.
Y es que, en esto, ellos eran los que estaban mal.
Pero, para una familia tan pobre como los Galindo, ¿qué eran quinientos mil pesos a cambio de un prometido?
Iker también habló:
—Cici, quinientos mil no es poca cosa. Puedes encontrar a un hombre mejor. ¿Por qué te aferras a Saúl? Antes él era el prometido de Noa. Aunque ya se cambiaron las identidades, yo digo que ese compromiso… mejor que no se cambie.
Qué descaro.
¿De verdad tenía la cara para decir eso?
Con los Salinas los habían puesto en su lugar, y ahora venían a querer agarrarse de Saúl.
Qué bien calculado lo traían.
¿De verdad creían que ella se iba a dejar?
Los Valdés ya estaban contra la pared: la empresa se sostenía, básicamente, porque Bruno seguía sacando dinero del medio artístico con contratos y patrocinios.
Y ahora, como Saúl era de la familia Rivas, querían subirse a ese barco.
Clara, al ver que Cecilia no contestaba, remató:
—Quinientos mil es mucho. Con ese dinero que te damos, a los Galindo les alcanza para vivir bien un buen rato. Cici, hazme caso. Yo no te haría daño. Al final, te crié dieciocho años… antes de verdad te traté con cariño. ¿Cómo crees que ahora te voy a querer perjudicar?
Una bola de hienas con traje.
—¿Quinientos mil? ¿Con eso creen que me van a despachar? ¿Todavía piensan que soy la Cecilia de antes? Señora Valdés, de una vez se lo digo: los Galindo ya no estamos como antes. Adrián gana más de quinientos mil al año, Daniel más de un millón, y Teresa entró a Estudio Cobalto. En mi casa no nos falta el dinero —soltó Cecilia, tajante.
Los Valdés de plano veían a la gente por encima del hombro.
Con lo que otros pagaban de entrada un millón, ellos querían “arreglarlo” con esa cantidad.
—¿Ah, sí? ¿Me ves cara de mensa? Ismael es un perro, y solo tú lo aguantarías. Yo, desde el principio, ni lo pelé —se burló Cecilia, fría.
Noa se quedó sin palabras.
Se le puso la cara horrible. Con eso que decía Cecilia, parecía que Ismael era alguien que a ella le estorbaba… y que Noa solo había recogido lo que nadie quería.
Entonces, cuando Noa lo presumía frente a Cecilia, ¿no había quedado como payasa?
¿Cecilia ni la había volteado a ver?
Noa quedó humillada, y sus hermanos ya no se aguantaron.
Bruno explotó:
—¡Cecilia, ya basta! ¡Mi familia ya se rebajó contigo y tú sigues! ¿Lo haces a propósito para humillarnos?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia