Teresa la miró sin decir una palabra; la decepción era evidente.
Después de que Miriam se fue, ella había tratado muy bien a Isidora.
Le había enseñado sus técnicas de diseño y compartido todos sus conocimientos, pero, lamentablemente, la chica fue una malagradecida.
Que se hubiera atrevido a robarle sus bocetos era algo que le helaba la sangre.
—Directora Nadia, encárguese usted. Ya no quiero saber nada de esto —le dijo Teresa.
—De acuerdo.
Nadia clavó su mirada en Isidora. —Recoge tus cosas y vete. El pilar fundamental de Estudio Cobalto es la lealtad, y tú acabas de traicionarla. Aquí ya no tienes lugar; a partir de hoy, quedas desligada de la empresa.
—¡Directora, por favor, deme otra oportunidad! ¡Fue Miriam la que me lavó el cerebro!
—No quiero escuchar tus pretextos. ¡Guardias! Sáquenla de aquí y asegúrense de que jamás vuelva a pisar esta oficina —ordenó Nadia sin titubear.
Si no le había temblado la mano para despedir a Miriam, echar a una simple pasante no era nada.
Era obvio que Nadia no iba a tolerar a una persona así en su equipo.
***
En el hospital.
—Señorita, está usted embarazada, tiene unos tres meses.
—¡¿Qué dice?! ¡¿Estoy embarazada?! —Martina Zúñiga se quedó pasmada.
Últimamente no había tenido su menstruación, pero no le había prestado atención. Hoy amaneció con un dolor fuerte en el estómago y fue a revisarse; ahí le dieron la noticia.
—Así es, y el bebé se encuentra muy sano.
De pronto, el corazón de Martina se llenó de alegría. ¡Iba a ser mamá!
Y lo mejor de todo, el hijo era de Camilo.
Tal vez, con un bebé de por medio, Camilo empezaría a tomarla en serio.
Martina regresó feliz a las oficinas de la Orden de la Merced. Camilo estaba ocupado hablando con sus hombres.
Se esperó a que terminara y se quedara solo para entrar.
—Camilo.

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