Aarón le acarició la mejilla con suavidad.
—Fui un imbécil antes, perdóname. Me tomó por sorpresa sentir que me habías engañado y no supe cómo reaccionar. Pero ya lo pensé bien. Tú eres mi verdadero amor. Hemos pasado tanto tiempo juntos; es imposible no tener sentimientos. Mírate, ahora mismo no tienes nada, ¿qué interés podría sacarte? ¿De verdad crees que te buscaría con segundas intenciones?
Las palabras de Aarón conmovieron a Leticia hasta el punto de las lágrimas.
Que él estuviera dispuesto a quedarse con ella en su peor momento demostraba, sin duda, que sus intenciones eran genuinas.
—Te creo, Aarón. ¡Te amo! A partir de ahora los dos trabajaremos muy duro, saldremos adelante. Además, llevo a tu bebé aquí adentro. ¡Los tres vamos a ser una familia muy feliz!
—De acuerdo, hagamos lo que dices. Pero, oye... ¿podrías llevarme contigo a la residencia Fonseca?
Leticia se quedó pasmada.
—¿Para qué quieres ir a la residencia Fonseca?
—Es que ya no tengo dónde vivir. Como sabes, Mónica se convirtió en la directora y lo primero que hizo fue despedirme. El contrato de la renta ya se venció y el dueño me quitó el departamento. No tengo a dónde ir. Escuché que tú vives en la residencia Fonseca... ¿Podría quedarme contigo unos días?
—No te preocupes, no te daré problemas. Me mantendré escondido unos días, y en cuanto consiga trabajo y un lugar donde vivir, me iré. Luego vendré por ti para que vivamos juntos. ¡Confía en mí!
—¿Me lo prometes de verdad? —volvió a preguntar Leticia.
—Claro que sí. Ahorita no tienes nada, solo eres la hija del administrador de la casa. ¡Qué interés podría sacarte!
A Leticia le pareció lógico, así que aceptó.
Sin hacer ruido, llevó a Aarón a escondidas hasta la residencia Fonseca y lo metió en su cuarto.
—Aarón, este es mi cuarto. Toda esta parte de la casa es básicamente para el personal de servicio. El presidente y su familia nunca se aparecen por aquí. Nadie viene, aparte de mi papá cuando entra a verme. Como mi papá es el mayordomo, mi cuarto es el más grande de todos. Mira, ¿a poco no está bonito? —le preguntó Leticia con una gran sonrisa.
A pesar de ser la hija de un empleado, vivía casi con los mismos lujos que una señorita de sociedad.
Su habitación contaba con un enorme clóset personal, baño privado y varias comodidades. ¡Fácilmente medía más de cien metros cuadrados!


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