Saúl llevó a Cecilia a un club privado.
En la entrada, al ver que llegaba en moto eléctrica, varios lo miraron raro.
Entraron a un privado.
Ahí había un hombre. En cuanto vio a Saúl, se levantó.
—Director Rivas.
—Dante, ya no soy el director. Dime Saúl.
—Va. Saúl… por fin levantaste cabeza. Me da un gusto enorme. Llevo esperando esto un buen —dijo Dante, emocionado.
—¿Y ella es…? —preguntó, mirando a Cecilia.
—Mi prometida, Cecilia —dijo Saúl, y luego le presentó—. Él es Dante, un amigo.
—Había oído que Cecilia era tu prometida. No pensé que fuera tan guapa. Señorita Galindo, mucho gusto. Saúl me contó que si hoy está así, es gracias a usted.
—No hay de qué —respondió Cecilia, tranquila.
Dante notó que Cecilia era fría. Le recordó al Saúl de antes.
Se sentaron a hablar de negocios, sin que Cecilia se apartara.
—Saúl, lo de tu inversión en Callejón Pixel… metiste cien millones. No entiendo por qué le metiste a una empresa con tan poco futuro —preguntó Dante.
Cecilia se quedó un segundo en blanco.
Saúl metió cien millones…
Y ella le había dicho a Lorenzo que metiera doscientos millones.
Con razón Álvaro se había puesto bien servicial: le llegaron dos “salvavidas” de golpe.
—Lo mío también es tuyo. Y mi vida… esa sí es tuya. ¿Cómo no va a ser el dinero?
—Si tenías ese nivel, ¿por qué te quedaste encerrado en ese pueblo, dejando que hasta un cuidador te maltratara?
—En ese entonces no me podía mover. ¿De qué me servía el dinero? Trajeron doctores, y todos decían que no iba a volver a levantarme. Tenía el cuerpo destrozado. Además… pasaron cosas que me quebraron la cabeza. Ya no quería seguir. Dejé todo arreglado, mandé a Dante al extranjero y le dije que no volviera. No quería que me vieran así. Yo… me vine aquí a dejarme morir. Hasta que te conocí.
Saúl la miró.
Era ella la que le había devuelto la vida.
—Después de eso entendí muchas cosas. Hay afectos que uno persigue y no son reales. Me aferré a algo que nunca fue mío.
—Ahora solo tengo un objetivo: vivir por mí, y también por ti. Si me hago fuerte, nadie me vuelve a pisotear. Y tengo gente que quiero cuidar.
—Tú… el señor y la señora Galindo… tus hermanos y Benjamín. Ustedes son mi gente.

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