Facundo y Patricio sintieron la imponente presencia de la abuela y no se atrevieron a decir ni una palabra.
—Mamá… mamá… —llamó Thiago en voz baja.
La abuela, sentada en la cama, se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.
Thiago pasó la mano frente a su rostro, pero no hubo reacción.
Le tomó el pulso. ¡Ya no respiraba!
—Falleció —dijo Cecilia a un lado.
No necesitaba acercarse para revisarla; con solo verla, sabía que había muerto.
Algunas personas experimentan una última ráfaga de lucidez antes de morir, como si volvieran a su juventud.
Una vez que esa energía se desvanece, su vida llega a su fin.
—¡Mamá! —Thiago abrazó a la anciana y rompió a llorar.
A fin de cuentas era su propia madre. Sin importar lo que hubiera hecho en el pasado, al final se habían reconciliado.
La anciana tenía razón: Thiago era el de mejor corazón.
—¡Mamá se nos fue! —dijo Facundo con los ojos llorosos.
Patricio también se frotó los ojos, aunque quién sabe si las lágrimas eran fingidas.
En cuanto a Olivia y Helena, competían para ver quién lloraba más fuerte.
—¡Ay, Dios mío! ¡Por qué nos dejaste! —sollozó Olivia. «¡Uf! Por fin se murió. Ya nadie me va a controlar», pensó.
—¡Ay! ¡Cómo pudiste tener el corazón de dejarnos! ¡Suegra! —lloró Helena. «Vieja bruja, por fin te vi caer», pensó.
Isabel y Nuria mostraban una expresión de total indiferencia, sin un gramo de tristeza.
Cecilia tampoco sentía pena. Al fin y al cabo, la habían cambiado al nacer y solo regresó a la familia Galindo dieciocho años después.
Además, la abuela siempre la trató mal; no le tenía el menor afecto.
No había pasado ni un minuto cuando Olivia le hizo una seña a Facundo.

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