—¡Así que todo lo bueno que fuiste conmigo era pura actuación para los demás! Solo querías tapar todas tus bajezas privadas.
Si el mundo se enteraba de que el distinguido patriarca de la familia Galindo estaba con un hombre... la reputación de la familia quedaría arruinada.
Leonel y su familia se habían puesto de acuerdo para verle la cara de estúpida.
Y ella, como una tonta, pensó que se trataba de amor verdadero y le dio tres hijos.
—¿Y qué si es así? Mi corazón nunca te ha pertenecido. Tuviste suerte de que me casara contigo; la familia Fernández estaba en la cuerda floja y, sin el respaldo de los Galindo, habrían quebrado hace años. ¡Deberías estar agradecida! Además, te di tres hijos. Deja que ellos te hagan compañía en el futuro y confórmate con ser la señora Galindo. ¿Qué tiene de malo? Solo estás haciendo un berrinche por nada.
Al escuchar eso, casi se vuelve loca del coraje.
—Según tú, ¿entonces yo también puedo ir a buscarme a otro hombre a escondidas?
—¡Ja! Ni se te ocurra. Eres la esposa de Leonel Galindo. Más te vale no hacer ninguna estupidez que me ponga en vergüenza, ¡porque si no, te quitaré a los niños y te echaré a la calle!
Al oír semejante amenaza, no podía creerlo. Ese hombre que tenía enfrente no se parecía en nada al joven dulce y amable de sus recuerdos.
En aquellos años, su matrimonio había sido arreglado por sus padres.
Fue hasta la noche de bodas que se vieron por primera vez.
Él le había dicho con profundo cariño: «A partir de hoy, eres mi esposa y yo tu esposo. Nos respetaremos y amaremos, y yo cuidaré de ti».
Ella había guardado esas palabras en su corazón, convencida de que era un hombre responsable.
Al final, la verdad resultó ser cruel y despiadada.
En ese momento, perdió completamente la cabeza por la rabia.
Empezó a gritarle a todo pulmón:
—¡Leonel, si a ti no te importa perder la dignidad, a mí tampoco! ¡Voy a publicar en los periódicos la clase de escoria que eres en privado y voy a revelar todo sobre ti y ese asqueroso secretario!
Antes de que pudiera terminar, Leonel la acorraló contra el escritorio y la tomó por el cuello.
—¡Atrévete! Si haces algo así, te mato aquí mismo.
—Tú...
No esperaba que de verdad fuera a lastimarla.
¡Sentía que le iba a romper el cuello!

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