Sin embargo, en lugar de disculparse, alzó la voz para reclamar:
—Si sabías la verdad todo este tiempo, ¿por qué no abriste la boca? ¡Me dejaste hacer el ridículo como si fuera un payaso!
Por su tono defensivo, Mónica dedujo que Leticia seguía sin aceptar su error.
—Para empezar, entré a la empresa con un nombre falso como practicante por órdenes de mi papá. Además, te advertí desde el principio que ese vestido era mío, al igual que esta casa. Pero te dejaste deslumbrar por la atención y los halagos vacíos de los demás. Si hubieras usado un poquito la cabeza, no habrías terminado en esta situación.
—¡Ay, por favor! ¿Entonces según tú me merezco que me humilles y me pisotees? —gritó Leticia de pronto.
—¡Leticia! ¿Cómo te atreves a hablarle así a la señorita Mónica? Tú...
—¡Ya basta! ¡Si tú quieres humillarte y besarles los pies, es tu problema, pero yo no lo haré! ¡Por qué mi padre no puede ser el presidente de la empresa! ¡Por qué tengo que conformarme con ser la hija de un simple mayordomo! ¡Todo es culpa tuya por ser un bueno para nada! ¡Por tu culpa siempre seré menos que los demás!
—Tú... ¿cómo puedes decir eso? —Matías abrió los ojos de par en par, incapaz de creer el veneno que salía de la boca de su propia hija.
La joven tenía la mirada inyectada en sangre, completamente devorada por la avaricia y el deseo de estatus.
—¡No voy a pedirle perdón a nadie porque no hice nada malo! ¡Y jamás voy a agachar la cabeza ante ella! Ya me quedó claro que no hay lugar para mí en esta casa. ¡Quédense tranquilos, que me largo por mi propia cuenta!
Dicho esto, Leticia dio media vuelta y salió corriendo.
—¡Leticia...!
Al ver la rebeldía de su hija, la impotencia invadió a Matías y se soltó otras dos bofetadas.
—¡Matías, detente! ¿Qué ganas con eso? —intervino Damián, sujetándole las manos.
—Presidente, fracasé como padre. Fue mi falta de carácter lo que la llevó a hacer estas cosas. ¡Perdóneme! ¡Perdóneme! —decía el señor Herrera, carcomido por la culpa.
Damián le dio unas palmadas reconfortantes en la espalda.
—Ya, ya, deja de castigarte. Dale tiempo a Leticia para que se enfríe. Ahorita solo está actuando por impulso, no sabe cómo digerir todo esto.
Mónica se acercó a ellos.
—Señor Herrera, le aseguro que yo tampoco le guardo ningún rencor.
El señor Herrera asintió con la cabeza, aún sintiendo una vergüenza profunda.

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