El amor es la droga más venenosa del mundo; mejor ni tocarlo.
En su momento, a ella sí le dio celos lo de Saúl y Anaís, y se quedó bajoneada un tiempo.
Fue entonces cuando entendió que esto de enamorarse era peor que cualquier veneno.
Por suerte, Saúl la trataba muy bien y lo de ellos era bastante estable.
Si no, sus emociones seguirían a merced de ese asunto.
Berta, de verdad, era un caso rarísimo.
Con un tipo tan increíble como Lorenzo al lado, cualquier otra mujer ya se habría clavado.
Pero ella no. Nunca sintió por Lorenzo ni la más mínima atracción.
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En cuanto Nuria se fue, a Isabel le dieron ganas de soltar la carcajada.
Justo cuando estaba saboreándolo, Anaís fue a buscarla.
—Srta. Galindo.
—Srta. Calderón, gracias por dejarme venir hoy. Si no, yo ni de chiste habría pasado de la entrada… ¡y encima me tocó ver semejante show!
Últimamente, lo del matrimonio tenía a Nuria de malas, y ya tenía rato sin verla caer tan redondita.
Con el desastre que armó esta vez, al volver a casa no iba a poder justificarse ante la abuela.
Y cuando perdiera su favoritismo, a lo mejor la abuela terminaba dejándoles la herencia a ellos.
—Srta. Galindo, ya que acabó el espectáculo… ¿no cree que ya va siendo hora de ayudarme con algo?
Isabel se apresuró a quedar bien.
—Srta. Calderón, usted dígame. Lo que sea, yo se lo resuelvo.
Anaís miró hacia donde estaba Cecilia y, en voz baja, le soltó unas cuantas palabras a Isabel al oído.
Isabel captó al instante.
Muy pronto, la fiesta se fue apagando.
Cecilia y Berta iban caminando por la calle, con ganas de ir a dar una vuelta.
Caminaron un rato y Cecilia sintió que alguien las venía siguiendo.

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