—General Méndez, si no entienden… bórrenlos. Primero, a esa mujer: ¡dispárenle! —ordenó Alexander, señalando a Cecilia.
Cecilia no se alteró ni tantito. Si Zacarías había llegado, era porque traía todo amarrado.
Justo cuando el blindado iba a dispararles, de pronto el cielo retumbó.
Un avión de combate apareció arriba.
Soltó una bomba y voló el blindado del grupo armado en pedazos.
—¡Todos al suelo! —gritó Cecilia.
La gente se tiró de inmediato.
Cecilia jaló a Mónica y se cubrieron a un lado.
El lugar se llenó de humo. El blindado quedó hecho polvo, y los hombres del grupo armado tuvieron un montón de muertos y heridos; los que quedaron vivos empezaron a correr por todos lados.
En eso entró otro grupo, y se armó otro enfrentamiento.
El avión siguió soltando bombas, clavándolas justo donde estaba más cargado el enemigo.
Después del bombardeo, a los del grupo armado solo les quedó huir.
Alexander también se espantó; por poco lo alcanza una bomba.
Cuando terminó el ataque, el avión aterrizó en un área despejada.
¿Portón? ¿Cuál portón? Lo habían volado. Y la barda también. Afuera ya solo había terreno abierto.
El caos era total.
Cecilia vio que quien bajaba del avión era Saúl.
¿De verdad era él?
—Zacarías, ¿cuándo contactaste a Saúl? —preguntó Cecilia.
—Cecilia, el Sr. Rivas estaba preocupado por ti. Claro que iba a enterarse. Dijo que iba a conseguir apoyo, pero no me imaginé que él mismo viniera piloteando un avión de combate.
Saúl se quitó el casco, lo sostuvo a la altura de la cintura con una mano y caminó hacia Cecilia.
En ese momento, a Cecilia le pareció que el tipo se veía increíble.
Hasta al caminar imponía.
El porte… brutal.

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