Los balazos de ese lado también llamaron la atención muy rápido, y cada vez llegaba más gente hacia ahí.
—Mónica, llévate a todos y salgan ya. ¡La salida está ahí enfrente! —le dijo Cecilia.
—¿Y tú?
—¡No te preocupes por mí!
Cecilia siguió forcejeando con ellos.
No dejó de disparar; se enfrentó a los que llegaban como refuerzo.
De golpe, estalló otra lluvia de balas.
Cuando ya empezaba a quedarse corta, llegó Zacarías.
—¡Cecilia, vengo a cubrirte!
Mientras hablaba, levantó un arma automática y se metió al tiroteo.
Entre los dos, tumbaron a un montón.
De pronto, el portón de metal de la entrada se abrió.
De ese lado se oyó un alboroto, y no dejaron de entrar tipos corriendo, hasta que les cerraron el paso por completo.
¡Los rodearon! Ya no había por dónde salir.
—Cecilia, ya les llegó apoyo —dijo Zacarías.
Los dos vieron la entrada: venían con todo… ¡hasta con vehículos blindados!
Se notaba que habían pedido refuerzos a un grupo armado local.
Ahí, además de Cecilia y Zacarías, también quedaron atrapados los que intentaban huir.
Desde el blindado, alguien les habló con un megáfono:
—¡Nadie se mueva! ¡El que se mueva, lo hacemos pedazos!
Nadie se atrevió a moverse. Con un blindado enfrente, ¿quién iba a haber visto algo así?
Esto ya parecía guerra.

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