Cecilia se quedó callada.
Este cabrón sí se acordaba.
—En ese momento me dio una vergüenza horrible… la peor de mi vida. Pero ahora, cuando lo pienso, me da felicidad. Y quiero pasarte esa felicidad a ti.
Cecilia seguía sin saber qué contestar.
Saúl la bajó y la sentó en una silla.
Cecilia sonrió, incómoda.
—Mejor ya no. Estás bien, pero no lo vuelvas a hacer.
Saúl le pasó el plato.
—A ver, prueba. A ver qué tal me queda.
—Órale… el gran director y también sabe hacer fideos, ¿eh?
—Antes no. Aprendí después. Por ti.
Cecilia sí traía hambre. Agarró el plato y se puso a comer.
—Está bueno. Tienes madera de chef. Como ya no tienes puesto… ¿y si mejor te cambias de giro y te haces cocinero?
—¿Tu cocinero toda la vida? —Saúl alzó una ceja.
—Pues… podría ser. Aunque sería desperdiciarte.
—Pero a mí me encanta.
Saúl la miró con una ternura que lo decía todo.
Tomó una servilleta y le limpió la comisura de la boca.
—Oye, y si ya no vas a la empresa… ¿hoy qué hacemos? —preguntó Cecilia, de pronto.
Apenas lo dijo cuando le sonó el celular.
Era Dalila.
—Señorita Galindo, disculpe que la moleste.
—Dalila, ¿qué pasó?

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