Yolanda asintió.
Confiaba en Cecilia porque Cecilia era alguien en quien Lorenzo confiaba.
Así de simple: para ella, era confianza total.
Al rato, Cecilia fue al cuarto para ver a Lorenzo.
Lorenzo seguía dormido, con oxígeno.
Cecilia se acercó y le tomó el pulso con la yema de los dedos, para checar cómo iba.
—Ya debería haber despertado… —murmuró.
En cuanto lo dijo, las pestañas de Lorenzo se movieron. Poco a poco abrió los ojos.
Al ver el rostro de Cecilia frente a él, no lo creyó. Sintió que seguía soñando.
¿Cómo iba a ser posible que, al despertar, la persona en la que no dejaba de pensar estuviera ahí?
Seguro era un sueño.
Y si era un sueño, prefería no despertarse.
Así que volvió a cerrar los ojos.
—Lorenzo, despierta —lo llamó Cecilia.
¿No era un sueño?
Lorenzo abrió los ojos otra vez y vio a Cecilia mirándolo.
Susurró:
—Cecilia…
—Por fin. ¿Te duele algo? ¿Te sientes mal?
—Me duele… todo. Pero con verte… como que ya no duele tanto.
Tal vez ya se le estaba pasando la anestesia; ya empezaba a sentir.
—Pues qué bueno que te duela. Ahorita te pongo algo para el dolor en el suero y vas a estar mejor.
—Gracias, Cecilia.
Lorenzo intentó incorporarse, pero se dio cuenta de que estaba inmovilizado: tenía todo el cuerpo sujeto, salvo la cabeza y una mano.
—No te muevas. Traes demasiadas heridas. Apenas te operé. Tienes que recuperarte con calma; ni se te ocurra moverte.

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