Saúl lo dejó dicho y volvió a meterse a la lluvia.
—Señor Urbina… —Yolanda lloraba en silencio mientras marcaba a una ambulancia.
Que no le pasara nada, por favor.
Héctor e Iván tenían a Cecilia a un lado, esperando a que llegara el barco.
Héctor ya estaba hasta la madre. Agarró a Iván del brazo.
—¿No que el barco iba a llegar? ¿Qué chingados? ¿Ya viste la hora?
—¡Ya viene, ya viene! Ya marqué —Iván también se asustó.
Como diez minutos después, por fin apareció una lancha.
—¡Muévanse! —ordenó Héctor a los de atrás.
Empujaron a Cecilia para subirla, y justo en ese momento llegaron Saúl y Dante.
Dante ya se había encargado de esa gente y venía con los pocos que le quedaban para apoyar.
—¡Cici! —Saúl por fin la vio.
Le dio un alivio… y al mismo tiempo un miedo horrible.
Cecilia iba amarrada de pies y manos. ¿A dónde se la querían llevar?
—¡Sáquenla! —gritó Dante, y sus hombres se fueron hacia la lancha.
A Iván ya no le dio tiempo de arrancar.
—¡Chingada madre! ¡Son un chingo! ¡Todo por tu culpa, por no traer el barco antes! —Héctor estaba que explotaba.
Uno de los suyos se acercó.
—Héctor, son demasiados. No les vamos a ganar. Aviéntala al mar para distraerlos, si no… no salimos ninguno.
Héctor decidió en el acto. Jaló a Cecilia y la puso enfrente.
—¡Ja, ja! ¡Muérete! —se rió, y la empujó al agua.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia