En nada, Mónica volvió a ser el blanco de todos.
Y, como era de esperarse, Leticia aprovechó para “lucirse”.
—Ya, por favor, no digan nada. Yo no voy a pelearme con Maribel. Y no hace falta que se disculpe.
Luego se acercó, suave, y la miró.
—Maribel, me da gusto que vinieras. Vamos a divertirnos, ¿sí? Somos compañeros… ya no guardes rencor, ¿sale?
—No —contestó Mónica, fuerte y claro.
Aarón volvió a brincar.
—Maribel, no te pases. Leticia ya se aguantó un montón. Tú vienes atrás de nosotros y todavía…
Mónica lo fulminó con la mirada.
—Yo no discuto con idiotas. ¿Están mal o qué? Ya les dije: no vine con ustedes. Esto es un lugar público. Entro y salgo cuando se me da la gana. Y ustedes ahí, nomás hablando por hablar… qué flojera.
Dijo eso y empujó tantito a Leticia para hacerse espacio.
—Con permiso.
Luego caminó al salón de al lado y cerró la puerta.
Todos se quedaron mudos.
Aarón parpadeó, incrédulo.
—¿Se equivocó de salón o qué? El nuestro es este…
Un compañero ya había captado la cosa.
—Creo que de verdad no venía con nosotros. Ella venía a otra cosa.
—¿Pero cómo entró a ese salón? Si aquí es dificilísimo conseguir…
—Qué oso… los que quedamos como payasos fuimos nosotros, pensando que venía atrás, y ella venía a otra cita.
A Leticia se le endureció el semblante.
No solo no la “dobló”, encima Mónica la dejó mal.
Y peor: se metió al salón de junto. Todo lo que Leticia hizo antes… se veía ridículo.
Aarón alzó la voz, tratando de recuperar control.

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