Claudia levantó la cabeza de golpe y miró a Valeria.
—¡Es por tu culpa! Por no servir para nada. Si tú hubieras peleado, si fueras más firme, esas dos no se te subirían encima. Y ahora hasta mi trabajo perdí. Te odio… de verdad te odio. ¿Cómo me tocó una mamá como tú?
Dicho eso, Claudia se echó a correr para salir.
En ese momento, Leandro agarró a Claudia de la ropa.
—Hermana, hermana… ¿y la señorita Cici? ¿Dónde está la señorita Cici? ¡Quiero ver a la señorita Cici!
Claudia se encendió todavía más.
—¡Quítate! ¡Idiota! ¡Lárgate! ¡Lárguense todos! ¡No quiero verte! ¡Estúpido!
Empujó a Leandro y salió corriendo.
—¡No soy idiota! ¡No soy idiota! ¡Quiero a la señorita Cici… quiero a la señorita Cici…! —Leandro se descontroló.
Valeria corrió a abrazarlo.
—Leandro, Leandro… no, así no… cálmate, por favor…
Leandro la empujó con fuerza. Valeria casi se estrella contra la mesa.
—¡Dalila, rápido! ¡Habla para que vengan a sujetarlo!
Al poco rato llegaron unos empleados corpulentos y controlaron a Leandro, llevándoselo.
—Señora, ¿está bien? —Dalila ayudó a Valeria a ponerse de pie.
—Estoy bien… —Valeria dejó caer lágrimas—. Todo esto es por mi culpa. Mis hijos han sufrido demasiado.
Durante tantos años, nadie había sabido lo que ella cargaba por dentro.
—Señora, no se me ponga así. La señorita Claudia sí la quiere. Si no, hoy en la noche, cuando Zoe la estaba humillando, ¿cree que habría salido a defenderla? Solo habla duro, pero por dentro es otra cosa —la consoló Dalila.
—Sí… pensarlo así, por lo menos me da tantita paz.

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