—¡Ja! Si no fuera porque la policía me marcó a mí, ¿tú crees que yo tenía ganas de ver a ese muchacho? Allá ni siquiera contestaban en la casa, así que no me quedó de otra más que traerlo.
Valeria sí se preocupaba mucho por su hijo. Al verlo así, se le apretó el corazón y se acercó.
—Leandro, ¿qué te pasó?
—Señorita Cici… Cici… —el pobre no le hizo caso a su mamá; en cambio, se aferró al borde de la ropa de Cecilia.
La miraba con una sonrisa boba, sin soltarla.
Claudia tenía un carácter horrible y Leandro no sabía explicar nada. Cecilia tuvo que aclararlo ella misma.
—Señora Ledesma, fue así: hoy me topé al señor Rivas afuera y lo llevé a la comisaría. Yo no sabía que era su hijo. Luego vi a Claudia… y él no me soltaba, así que no me quedó de otra más que venir con ellos.
La señora Ledesma suspiró, aliviada.
—Cecilia, de verdad… gracias. Yo ni sabía que Leandro estaba desaparecido. Pero ¿por qué viene tan sucio?
—Seguramente fueron unos chamacos —explicó Cecilia—. Cuando lo encontré, había un grupo molestándolo.
A Valeria se le humedecieron los ojos al instante.
—Todo es culpa mía… No lo cuidé como debía. ¡Vengan! Llévenselo a que se bañe y se arregle. Así todo mugroso, ¿cómo se ve?
Parecía un indigente.
Dalila llegó con gente para llevárselo con calma, pero Leandro no soltaba a Cecilia.
—No quiero separarme de la señorita Cici… no quiero… Cici, no me dejes… yo quiero estar con Cici… —se puso a llorar.
—Señor Leandro, vamos a que se bañe, ¿sí? La señorita Galindo no se va a ir —lo convenció Dalila.
Pero Leandro se tiró al piso y empezó a hacer berrinche.
—¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Yo quiero a Cici!

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