Los dos eran hijos biológicos, pero Ainhoa adoraba a Joaquín y con Saúl siempre era así.
Anaís creció con ellos; sabía perfectamente lo injusto que había sido todo para Saúl en esa casa.
Y aun así, después de tantos años, nunca encontró el motivo.
Alguna vez sospechó que Saúl no era hijo de Ainhoa y por eso lo trataba mal.
Pero lo revisaron de mil formas: Saúl y Ainhoa sí eran madre e hijo, biológicamente.
Saúl también lo investigó en secreto. Era un hecho.
Mientras Anaís seguía dándole vueltas, Ainhoa la miró.
—¿Y tú qué? ¿Qué has estado haciendo? Te dije que te acercaras a Saúl y ya pasó un buen rato y sigues sin poder con él. ¿Qué, se te olvidó cómo se hacen las cosas? —la presionó Ainhoa, con dureza.
Anaís se sobresaltó.
—Tía, de verdad lo he intentado. Saúl ya no… ya no me quiere. Cambió…
¡Paf!
Ainhoa le soltó una cachetada, descargando todo su coraje sobre ella.
—Inútil. ¿Para qué te mantengo? Años viviendo con la familia Rivas de a gratis, te hice “niña bien” y al final no puedes hacer ni una sola cosa bien.
Anaís, con lágrimas contenidas, dijo:
—Tía… entonces, ¿cuando me acogiste y me dejaste quedarme contigo nunca fue por cariño? ¿Solo querías que yo fuera tu peón? ¿De verdad no me tienes nada de afecto?
Ainhoa iba a explotar, pero Irene se acercó para detenerla y le hizo una seña.
Irene intervino:
—Señorita Calderón, está entendiendo mal. La señora no tuvo hijas y siempre la ha visto como si fuera suya. Solo es muy exigente con usted. Lo que quiere es que usted esté con el señor Saúl y se convierta en su nuera. No se haga ideas.
—¿De verdad es solo eso?

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