Mientras Anaís hablaba, se le fue encima a Cecilia.
Traía la cara descompuesta, los ojos a punto de salírsele de la rabia. La odiaba con todo.
Pero antes de que pudiera tocar a Cecilia, Saúl la detuvo.
—¡Ya basta! ¿Qué traes, o qué? Tú la regaste y todavía quieres echarle la culpa a Cici —le soltó Saúl, furioso.
Y de un empujón la aventó al sillón.
Anaís, con el pelo hecho un desastre, parecía fuera de sí.
—¿No me crees? ¿No me crees? Saúl, esa mujer es una víbora, lo hizo a propósito para vengarse de mí. ¿Por qué no me crees? —se soltó llorando—. Antes no eras así…
Cecilia le respondió, tranquila:
—¿Que me estoy vengando de ti? ¿Y por qué me vengaría? ¿O qué, me hiciste algo y traes la conciencia sucia?
—Yo… —A Anaís se le atoró la voz.
Casi suelta lo de que en la tarde había ido a buscar a unos tipos para que le hicieran algo a Cecilia.
—Ya, Anaís. Descansa. Lo que sea, mañana lo hablamos. Y si vuelves a meterte con Cici, no me pidas que me toque el corazón —advirtió Saúl.
Dicho eso, se fue.
Y Cecilia solo la miró de reojo, con una sonrisita de satisfacción.
—¡Cecilia! —Anaís apretó los dientes del coraje.
Esa noche la habían hecho pedazos.
Con solo acordarse de ese Vicente Luque, el pinche gordo, encima de ella, le daban náuseas.
Por suerte no pasó a más: Vicente Luque solo la besó un par de veces y le manoseó un poco.
Desde el inicio sintió que algo no cuadraba, pero el cuarto estaba oscuro. No alcanzaba a verle bien la cara y no sabía si era Saúl o alguien más.
Cuando quiso prender la luz, no pudo zafarse del gordo.
Y al final, por suerte, entró la esposa de Luque.
Pero esa mujer se atrevió a pegarle: le arrancó mechones de cabello y la dejó llena de moretones.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia