Pero la neta, esos hombres sí estaban hechos pedazos.
—A ver, señorita… ¿tú hiciste esto? —preguntó el policía.
—Sí —admitió Cecilia sin cambiar el gesto.
—No fue así, oficial, ellos nos iban a atacar… —Ismael se apresuró a explicar.
El policía no quiso escuchar.
—Primero van a acompañarnos a la comandancia.
Ismael no tuvo de otra y se subió con Cecilia.
A los que estaban tirados también los mandaron al hospital.
Unos escupían sangre, otros traían el brazo roto, otros la pierna… era un desastre.
En la comandancia, Ismael seguía gritando:
—¡Suéltennos! ¡Nosotros no hicimos nada! ¡Ellos nos querían golpear! ¿Saben quién soy? ¡Soy Ismael, de Grupo Salinas! ¡Déjenme ir…!
—Qué pinche escándalo… ¿qué pasó ahí? —platicaban dos policías afuera.
—Una bronca de calle. Pero lo más cabrón es que una chava tumbó a siete u ocho grandulones. Si hubieras visto cómo quedaron…
—¿Así de pesado? ¿Y entonces qué procede?
—Pues qué va a proceder: la chava es estudiante, hay que avisarle a su familia para que vengan. Y el otro es de los Salinas; ni siquiera se metió a pelear, pero también ya avisaron a los suyos.
Mientras hablaban, los dos policías se asomaron con cuidado hacia donde estaba Cecilia.
No pudieron evitar sentir respeto. Esa morra sí sabía pelear.
Comparado con Ismael, Cecilia estaba muchísimo más tranquila.
Al rato llegó Saúl.
Le hablaron de la delegación y venía con el alma en un hilo.
¿Cómo que se la llevaron detenida?
Cuando entendió lo que había pasado, se llevó a Cecilia.
—Cici, ¿estás bien? —preguntó, preocupado.
—Estoy bien.
—No. Estamos en la comandancia, ¿quieres que te encierren?
Ese hombre siempre era sereno… ¿en qué momento se puso así?
Además, en el momento crítico, Ismael sí se puso delante de ella. Y Cecilia no tenía ganas de seguir con pleitos.
—Está bien, por ahora lo dejo. Pero yo sé que me tienes en tu cabeza… si no, ¿por qué ibas a dar mi número para que me llamaran? —Saúl se puso contento por dentro.
—Yo… yo di tu número porque no quería que mis papás se asustaran —explicó Cecilia.
Thiago y Marina seguro iban a pensar que le pasó algo y se iban a poner mal, así que dio el contacto de Saúl.
Y él ya se estaba haciendo ideas.
Saúl la miró, sin palabras.
—¿Y no te importa que yo me preocupe? Me tenía con el alma en un hilo… pensando que te habían hecho algo.
—Tranquilo. No cualquiera puede conmigo.
Los que tuvieron mala suerte fueron esos tipos.
—Eso sí. Me contó la policía: tú sola tumbaste a siete u ocho grandulones. Cici, lo tuyo está cabrón —en los ojos de Saúl había pura admiración y cariño.

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