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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 233

Al recordar todo eso, Lorenzo miró a la chica frente a él y se le apretó el pecho.

Movió los labios y no pudo evitar decir:

—Jefa… gracias.

—¿Y eso? ¿Por qué de repente? —Cecilia se sorprendió.

—Porque… sin usted, yo no estaría donde estoy.

Cecilia cerró los documentos y se los devolvió.

—Ya no le des vueltas al pasado. Estos años has manejado muy bien Grupo Alcántara. Y sobre la familia Urbina… ya tienes con qué. Si quieres vengarte, no te voy a detener.

—¡Sí, jefa! —Lorenzo se alegró de verdad.

Había esperado ese día por mucho tiempo.

Desde que tomó el control de Grupo Alcántara, lo primero que quiso fue cobrarla.

Pero Cecilia le había dicho que todavía no.

La familia Urbina en Ciudad de San Martín seguía siendo pesada; no era tan fácil meterse con ellos.

Si no podía tumbarlos de un solo golpe, era mejor no alertarlos.

Mientras Lorenzo se alegraba por dentro, de pronto vio el retrovisor.

—¡Jefa, cuidado! ¡Nos están siguiendo!

Cecilia alzó la mirada. Era una silueta conocida. Al notar que lo descubrieron, se escondió entre los matorrales.

—No pasa nada.

Cecilia se bajó del carro y miró hacia el pasto a un lado.

—¿Por qué? ¿Tú todavía tienes cara de preguntarme? Ese día, ¿no iban a despedazarme? Nomás porque yo no fui al hotel. Si hubiera ido, me habrían drogado en la bebida. ¿Por qué fueron tan culeros? ¿Por miedo a que regresara a “pelearles” la herencia? ¿Qué herencia iba a pelear yo? Ese pretexto está bien jalado.

—Si ustedes fueron así de despiadados, ¿por qué yo tendría que seguir cuidándolos, seguir manteniéndolos? Los venenosos son ustedes. No entiendo por qué desde chica me odiaban, me mandaron al rancho… ¿y todavía hablan de “crianza”? Es ridículo —Cecilia le habló con dureza.

Esas palabras las traía atoradas desde hacía mucho.

Gael soltó una risa fría.

—¿Que por qué te odiábamos? Te lo digo. Cuando naciste, mis cuatro hermanos y yo sí te queríamos… pero un “adivino” dijo que eras de mala suerte, que algún día la familia Valdés se iba a acabar por tu culpa, y que solo si te morías se rompía eso.

—Por eso mi mamá te mandó al rancho. Pero no queríamos matarte; contigo fuimos “benevolentes”.

Los dedos de Cecilia se apretaron.

—Qué tontería… ¿y de verdad se creyeron esas jaladas? Por eso en estos dieciocho años no me mataron; solo me aventaron lejos porque todavía pensaban que era sangre Valdés y no se atrevían.

***

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