En esa avenida de asfalto no había tantos carros, pero sí los suficientes para estorbar.
Por suerte, el chavo manejaba bien; corría seguido, y en nada fue librando los obstáculos.
Siguió persiguiendo la moto eléctrica.
Saúl vio por el retrovisor que el Ferrari ya venía cerca.
Aceleró otra vez.
Y en un instante lo dejó atrás.
Saúl agarró el manubrio con una mano y con la otra levantó el brazo hacia atrás, haciendo una seña de “no traes nada”.
El chavo se puso furioso.
Le metió todo al acelerador, pero la moto ya había desaparecido.
Se sintió humillado, como si le hubieran dado una cachetada.
¡Iba al máximo!
¿Qué demonios era esa moto para correr así?
¡Ni su deportivo la alcanzaba!
—Cici, ¿a poco no estoy cabrón? —Saúl preguntó feliz, ya que lo había dejado atrás.
—Ni valía la pena engancharte. Qué inmaduro —dijo Cecilia. Le parecía innecesario.
—No entiendes. Es cosa de hombres. Si hoy me hago chiquito, ¿cómo te voy a cuidar después? A mi Cici no se la anda queriendo bajar nadie.
Cecilia se quedó en silencio, sin saber qué contestar.
Se detuvieron en un restaurante, y Cecilia soltó su cintura.
Saúl estacionó la moto a un lado.
Ya adentro, Saúl pidió varios platillos que a Cecilia le gustaban.
Luego preguntó:
—¿La familia Valdés sigue molestándote?
Cecilia comía cuando recordó algo.
—¿Lo de internet lo hiciste tú?
Que cancelaran un programa como Desafío de Fama no era cualquier cosa; sin alguien moviendo hilos, era imposible.
Después de cenar, Cecilia sacó el celular y checó.
Ahí estaba el audio de Martina. Le dio flojera escucharlo y lo pasó a texto.
Al ver lo que decía, Cecilia negó con la cabeza.
Le contestó que no se enojara, y que la próxima la invitaba a comer.
…
A la orilla del río.
Isabel citó a Noé.
—Tú dijiste que era seguro. ¿Entonces por qué pasó esto? ¡Me hiciste quedar en ridículo! ¡Toda la empresa se está burlando! ¿Tú cómo haces las cosas? —le reclamó Isabel, furiosa.
En esos días traía el coraje atorado.
Los que la familia Galindo había corrido, ahora regresaban a fastidiarlos a ellos… era insoportable.
—Isabel, fue culpa de Alan. Ese idiota me dijo que ya había salido; por eso te dije. Pero quién iba a pensar que se incendió la fábrica de al lado y se armó un escándalo por nada.
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