Víctor se contoneaba, todo afectado. Martina sintió que se iba a vomitar.
—No, ya. ¿Qué es esto? Ya no quiero ver —dijo, harta.
Cuando terminaron de presentarse los demás, el equipo se puso a bailar.
Pero era el mismo tipo de coreografía “tierna”. Al final, los jueces todavía los estuvieron carrilleando, pidiéndoles que enseñaran cómo “hacerle a lo tierno”, y el show se fue por ese lado.
Cuando acabaron de grabar, el trabajo de Cecilia y Martina también terminó.
En backstage, Clara fue en persona a ver a su hijo.
Para ellos, impulsar a Víctor era el único objetivo familiar: querían que se volviera el próximo súper famoso, para que la familia Valdés volviera a vivir bien.
—Hijo, qué bárbaro. Te rifaste. Vas a pegar durísimo. ¡Estuviste increíble!
—Ma, yo también lo siento. Cuando salga el programa, mi popularidad se va a disparar —Víctor estaba encantado consigo mismo.
—Cuando debutes y seas el número uno, ahora sí se nos arregla la vida.
—Ma, tengo sed.
—Sí, mi amor. Ahorita te traigo agua.
Clara fue a buscar, y justo se topó con Cecilia, que estaba recogiendo sus cosas para irse.
—¿Y tú qué haces aquí, Cecilia? —preguntó Clara, con tono agresivo.
—No es asunto tuyo.
—Ah, ya entendí. Viniste a hacer el trabajo pesado, ¿no? Se nota que en la familia Rivas no te tratan muy bien, mira nomás en lo que acabaste.
Clara sabía perfecto que Ainhoa la detestaba. Solo que ella no había podido “amarrar” a Saúl.
Si lo hubiera logrado, ¿qué hacía Cecilia ahí? La que debería estar en su lugar era su hija, Noa.
Cecilia no quiso seguirle la conversación.
Pero con alguien como Clara, entre más la ignorabas, más se sentía menospreciada.
—¡Espérate! ¿Quién te dijo que te podías ir? ¡Pinche escuincla! —la insultó Clara.
—Cecilia… ¿quién es esa señora? —preguntó Martina, confundida. Le daba miedo; se veía brava.
¿Quería hacer un show? Perfecto. Cecilia no se iba a echar para atrás.
El personal de backstage se acercó a mirar.
—¡Esta chamaca es una abusiva! ¡Miren cómo trata a una señora mayor! ¡Buaaa…! —Clara se tiró al drama, llorando en el piso.
De “señora de sociedad” no le quedaba nada: parecía pleitista de calle.
Víctor corrió a ayudar a su mamá a levantarse.
—Cecilia, ¿cómo te atreves a golpear a una señora grande? ¡Qué asco! —le gritó.
La gente alrededor empezó a señalar a Cecilia.
—¿Y esta quién es? Qué educación tan horrible, hasta con gente grande se mete.
—Se ve que es estudiante… ¿así de explosivos andan ahora?
—No, qué bárbaro. Ni lo básico de respetar a los mayores tienen…
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