—Súbete —dijo Saúl, abriéndole la puerta del carro.
Cecilia se quedó viendo.
¿Era un Bentley?
—¿Y tú… cuándo compraste carro?
—No lo compré. Hoy regresé con la familia Rivas. En el garage hay un montón. Nomás agarré uno.
Cecilia se quedó callada.
—¿De verdad vas a volver con la familia Rivas? —preguntó.
No sabía por qué, pero le dio un poquito de nostalgia.
—Sí. ¿Me vas a extrañar?
—No.
—Yo sé que sí. Tranquila: eres mi prometida. Yo vuelvo con la familia Rivas nomás para fastidiar a cierta gente… y de paso recuperar lo que es mío. Ah, y toma. —Mientras manejaba, Saúl la miró—. Es para ti.
—No lo necesito.
—Sí lo necesitas. Si es gratis, ¿por qué no?
Cecilia: …
Saúl la dejó en la casa de los Galindo y dijo que mañana pasaría otra vez por ella.
Cecilia se quedó viéndolo irse.
De pronto sintió que él no pertenecía ahí.
Él pertenecía al mundo de los negocios.
Ahí era donde peleaba.
—Cici, ¿y Saúl? —salió Marina Cabrera de Galindo a preguntar.
—Mamá, volvió con la familia Rivas. Dice que te avisara.
—Bueno… él es un Rivas. Tarde o temprano iba a regresar —se le notó lo bajoneada.
Después de tanto tiempo conviviendo con él, ya lo veía como un hijo.
—Mamá, ni que ya no fuera a volver. No te preocupes.
Marina la miró.
—No me preocupa eso… me preocupa lo tuyo. Si él vuelve a ser “el señor Rivas”, ¿y tú qué? ¿No te va a ver para abajo? ¿No va a pensar que somos pobres? En esta ciudad hay tantas niñas ricas…
—Mamá, ¿para qué te mortificas? Que pase lo que tenga que pasar. Además, yo ni me tomo tan en serio ese compromiso.
Marina suspiró y ya no dijo nada.
***
Saúl regresó a la casa de la familia Rivas.
Volvió a su antiguo cuarto.
Suspiró para sí.
Por fin… otra vez en esta jaula.
Le vibró el celular: era Lorenzo Urbina.
—Teresa, ve ajustando esto. Voy a contestar.
Se salió y respondió.
—Jefa, jefa. ¡Hay alguien que quiere comprarte la casa de Hacienda San Jerónimo!
—No la vendo —cortó Cecilia.
—Pero vienen con todo. Dicen que la quieren sí o sí. Ofrecen diez mil millones. Esa casa lleva rato sin usarse, y tu costo fue como de tres mil millones…
Venderla era ganarle muchísimo.
—No la vendo. —Cecilia colgó.
Esa casa la había diseñado ella misma, desde los planos.
Y el estilo interior también lo supervisó ella.
Era muchísimo más grande que la casa de los Valdés y que la casa de los Galindo.
Antes pensaba regalársela a Iker y Clara cuando cumplieran sesenta.
Pero al final… se equivocó con ellos.
Luego, al llegar con los Galindo, pensó dársela a sus papás.
Pero por más que les decía que ya les había comprado casa en la ciudad y que se mudaran, nadie quería.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia