—No, señora. Es seguro.
—Mamá, si mi hermano ya está bien, eso es buenísimo. Hay que traerlo de regreso —dijo Joaquín Rivas, entrando de repente.
—Joaquín, ¿qué estás diciendo?
—Mamá, yo sé que a ti nunca te ha caído bien, pero es mi hermano. Es tu hijo. Y es un Rivas.
—Ay, tú… eres demasiado inocente —le soltó Ainhoa, fastidiada.
—¿Qué es eso de “inocente”? —preguntó Cristian Rivas, que justo acababa de volver de la empresa.
Ainhoa lo vio y se notó molesta.
—Mira nada más, ¿todavía te acuerdas de venir?
—Vine a verte. Salí de la empresa y me vine directo. ¿De qué estaban hablando? —preguntó él.
—Papá, mi hermano ya está bien, ya puede caminar. Ayer hasta fue a ver una carrera de motos —dijo Joaquín, rápido.
Ainhoa fulminó con la mirada a su hijo.
—¿Saúl ya está bien? Eso es excelente. Hay que traerlo a casa. Al final, dejarlo allá en La Franja del Norte sí estuvo muy cruel. Joaquín, encárgate tú: ve por tu hermano y tráelo de vuelta.
—Sí, papá. Entonces no los interrumpo —dijo Joaquín, feliz, y se fue.
Cristian vio la cara de Ainhoa y le habló suave:
—¿Y tú? Eres su mamá. Saúl también es tu hijo.
—Claro que es mi hijo. Y claro que me importa.
—Entonces, ¿por qué esa cara? Si sigues así, me voy con Zoe.
Ainhoa no quería que se fuera, así que cambió de expresión.
En la Ciudad de San Martín todos sabían que Cristian tenía varias parejas.
Y Ainhoa no pensaba dejar que otra le ganara el favor.
—
Lunes.
Saúl llevó personalmente a Cecilia a la escuela.
—En la tarde paso por ti.
Miró la moto eléctrica de Saúl: atrás traía una caja con un anuncio de reparto.
—A ver, Cecilia… ¿tu prometido es repartidor o qué? —se burló.
—¿Y eso a ti qué? —respondió Cecilia, fría.
—No, pues no me importa. Pero yo había oído que eras “la señorita Valdés”… y mira. Te corrieron de esa familia y acabaste así.
—¿Y tú qué? ¿Quién te crees para venir a ladrar? —Saúl se metió, directo—. Los Solano son una empresita de risa, ¿de qué presumes? Mejor dime: ¿qué tal va tu papá con tu madrastra?
—Dicen que tu madrastra ya tuvo un hijo. Desde entonces, ¿tu papá siquiera te voltea a ver?
—Ni tu casa puedes poner en orden y vienes a meterte en la vida ajena. Qué risa. Chismosa y corriente.
Saúl no se iba a contener.
El que se metiera con su prometida, se lo iba a topar.
—¡Tú…! ¿Y tú cómo sabes tanto de mi familia? —Berta preguntó, furiosa.
La familia Solano sí era una empresa chica… y su papá sí había tenido otra mujer y se divorció de su mamá.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia