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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 101

Marcos Valdés vio que Cecilia ya casi lo alcanzaba para ponerse a su lado y, de repente, empezó a cerrarle el paso.

Quería orillarla, obligarla a pegarse al borde… para que perdiera el control.

Y si se iba al barranco y se mataba, mejor.

En los ojos de Marcos pasó un destello brutal.

«Muérete».

Se le fue encima con todo.

Cecilia ya había visto correr a Marcos antes; sabía perfecto que esa era su jugada de siempre.

—¡No, Marcos otra vez va a querer lastimar a alguien! —se alarmó Ignacio Cabrera al ver la transmisión.

Saúl Rivas, que casi siempre se mantenía sereno, también se puso de pie y apretó los puños.

No despegó la vista de la pantalla.

Todos estaban con el Jesús en la boca.

Del lado del casino, ya daban por hecho que Triana estaba acabada.

Justo cuando estaban a punto de festejar, se quedaron helados.

De vuelta en la carrera…

Cecilia ya lo venía cuidando.

Cuando Marcos estaba por arrinconarla hacia el barranco, Cecilia aceleró de golpe.

¡La moto literalmente se levantó!

Saltó por encima de Marcos, cayó adelante y salió disparada.

Lo rebasó.

En cambio, Marcos, por desesperado, no alcanzó a controlar: la curva estaba húmeda; la noche anterior había llovido y todavía no se secaba.

La moto de Marcos se volteó.

Él salió proyectado… y cayó directo hacia el barranco.

Todos: …

En ese momento, nadie dijo una sola palabra.

No podían creer lo que acababan de ver.

Cecilia no solo evitó el peligro: reaccionó rapidísimo y, encima, se aventó un salto en el aire.

Cuando por fin reaccionaron, lo primero que pensaron fue que estaban fritos.

—¡No manches… yo le metí todo a Marcos!

Al menos no habían olvidado el nombre de su jefa.

Y tampoco era raro: esa carrera fue fuera del país.

Aquí casi nadie se enteró porque ni siquiera hubo cobertura.

Todo lo relacionado con Triana, su jefa lo borró por completo.

En ese entonces todavía era menor; había que proteger su privacidad.

Incluso los del mundo del automovilismo, si sabían algo, era puro rumor de boca en boca.

—Señor Camilo, no pensé que Triana fuera a ganar. Esta vez sí nos cayó lana —dijo un subordinado, acercándose.

—Ajá —respondió Camilo, tranquilo—. Era lo esperado.

—Triana está durísima. Con tanta gente apostando, solo uno le metió a ella… ¿qué ojo tuvo ese tipo?

Camilo dijo, orgulloso:

—Ese fui yo.

El subordinado se quedó pasmado y luego se apuró a halagarlo.

—No, pues… usted sí ve lo que nadie, señor Camilo.

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