Nora
—Compórtate y no me humilles —susurró Tiziano, clavando sus uñas en mi brazo.
Pero yo no podía concentrarme, no con ese hombre frente a mí. No con esos ojos claros mirándome como si el mundo se detuviera. Su piel era clara, suavemente enrojecida, como si el sol la besara. Como si nadie pudiera resistirse a él.
Pascal ni lo miró; a nadie parecía importarle que él también se hubiese quedado en shock al verme.
Porque era mi mate. Y él me había reconocido también. Por un breve momento, allí, en una boda desgraciada, arrodillada en el suelo, tuve un pequeño destello de felicidad.
Mi mate existía.
Tenía sangre de alfa, sus cicatrices hablaban de lucha, y esos ojos hablaban de bondad, aun en este infierno.
“Gael, Gael, Gael”, murmuré sin hablar, solo para sentir cómo se pronunciaba su nombre en mis labios.
Era como una piedra preciosa en un descampado, como una flor en un desfiladero. Mis ojos no se cansaban de mirarlo; quería embriagarme con su belleza.
—Hoy esta mujer se entregará a los Herejes de la Noche, en cuerpo y alma. Desde ahora será una hereje, abandonará sus creencias paganas y obedecerá a hombres más importantes que ella —indicó Pascal.
Pero yo no podía hablar y jamás juraría algo así. Esa era mi tabla de salvación.
—Los mates no existen, solo la obligación de esposos. La Luna es solo un astro en el cielo, no nos gobierna.
—¡La Luna ni nadie nos gobierna! ¡Los herejes son libres del vínculo de mates! —gritaron en respuesta los hombres de la manada.
—Él es nuestro mate… no nos podemos casar con otro —gruñó Indira.
—Ellos no creen en el vínculo. Está prohibido —le respondí. Indira lloraba.
Aun cuando me encantaba tenerla de vuelta, esta era la peor conversación posible.
Solo sabía eso: ningún hereje se casaba con su mate. Si lo encontraban, los forzaban a casarse con otros. Creían que, luego de ser marcados, el vínculo desaparecería, pero yo no estaba tan segura.
Nora y Gael… no existían juntos en este mundo.
Pero aún así no creía que nadie pudiera borrar lo que sentía dentro de mí. Me pregunté cuál sería mi olor para él. ¿Qué pensaría de mí? Quizás también era una vergüenza para él. La Nora que era ahora, quebrada.
—Inclínate —gruñó Tiziano, y me empujó por el cuello hasta que solo vi el suelo.
Por dulces minutos había perdido noción de lo que estaba sucediendo.
—Desde ahora, Nora Marfil dejará de existir y será Dama de los Herejes, esposa de Tiziano, y responderá solo a él —anunció Pascal.
Escuché un ajetreo, pero lo único que noté fue cómo Tiziano tomó mi mano y colocó un brazalete dorado en mi muñeca.
Y ya estaba decidido.
Tiziano me levantó, e hice todo lo posible por no mirar a Gael, pero fue imposible. Su otro hermano lo sujetaba por el pecho, mientras Gael temblaba. El más pequeño le susurraba algo al oído, y la mirada de mi mate era asesina.
¿Me odiará por seguir con esta boda? ¿Qué opciones tenía?
Moriría aquí. Quizás él también. Sabía que Pascal había perdido un hijo mayor, su hija había huido. La pérdida de su propia familia no le dolía.
Yo ya era de Tiziano y no había remedio.
—¡Cada hereje que se casa con una loba reafirma nuestra independencia de los mates! ¡Cada pareja formada por voluntad es un triunfo! —proclamaba Pascal, y todos aplaudían.
La boda terminó y la celebración se trasladó a un patio. La maleza y las flores habían sido cortadas; al frente solo había una hoguera. Bancos con bebidas se disponían alrededor, y Tiziano me arrastró hasta dos grandes sillas de madera.
Pero Pascal tomó un lugar, Tiziano el otro, y él presionó mi hombro para que me sentara a sus pies. Sin verlo, supe que Gael se sentó cerca de su hermano.
Empezaron a aparecer jarras con bebidas. Los hombres bebían, se reían y se peleaban entre ellos. Las mujeres estaban al otro lado, muchas sirviendo y trayendo cerveza, tratadas como criadas.
Un vaso apareció a mi lado. Tenía agua con hojas de limón y mi corazón vibró. La cercanía de Gael se sentía como estar entre plantas del bosque en una mañana de primavera.
Las bodas herejes eran salvajes: se trataba de demostrar supremacía y violencia. Luchaban, se lanzaban cerveza, se golpeaban y cantaban borrachos.
Cuando Tiziano se levantó, mareado, yo ocupé su lugar. De reojo vi cómo una mano hermosa tomaba el borde de mi vestido entre sus dedos, acariciando la suave tela. Y cerré los ojos.
—Nuestro mate está a centímetros… tiene que reconocernos —insistía Indira.
¿Él tendría un lobo atormentándolo tanto como el mío?



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