Nora
Era el día que más temía.
Era la noche de mi boda.
La gran casa estaba en ruinas, un reflejo de la decadencia de una manada que todos odiaban. Y con justa razón.
—Te crees una princesa, una guerrera, ¿no es así? Pero aquí vas a hacer lo que yo diga. Servirás a tu esposo y a la manada como una buena loba, agachando la cabeza y cumpliendo tu deber con los Herejes de la Noche —gruñó alfa Pascal, un alfa calvo, pálido y musculoso.
Lo conocía de vista y justo esa noche conocería a quien sería mi esposo.
—Ven, Tiziano. Tu prometida te espera —indicó Pascal.
En la habitación apareció un hombre enorme, de piel muy blanca y cabello rubio, casi rapado. Tiziano llevaba un pantalón formal y estaba sin camisa, mostrando los tatuajes y las cicatrices de guerras pasadas sobre su piel pálida junto con collares de metal. Sus ojos azules, sin vida, y su expresión lo hacían parecer un sádico violento.
Quizás había esperado un milagro, pero pronto aprendería que en esta manada no había esperanza. La familia del alfa era miserable, como él. Su rostro podría haber sido considerado atractivo, pero su expresión estaba marcada por odio y desprecio, como si lo sintiera por todo en su vida. En los ojos de mi futuro esposo solo vi malicia, crueldad y arrogancia.
—¿Esta es la gran esposa que me conseguiste, padre? —dijo, acercándose a mí, dando vueltas alrededor de mi figura, fijándose en las quemaduras y cicatrices que sobresalían donde mi vestido no cubría—. Es asquerosa —musitó. Yo contenía mis lágrimas, pero no bajaba la cabeza.
—Es hija de un alfa y su hermano es importante. No sabes en lo que te has metido, pequeña, ¿no es cierto? Nos darás un heredero poderoso. ¿Quedó claro? Ahora… demuéstrale quién es el que manda —indicó Pascal, y se fue riendo.
Tiziano se quedó, humillándome.
—Me han dicho que te crees valiente, una mujer importante. Lo primero que quiero que se te meta en la cabeza es que no eres nada —dijo, jalando mi vestido y tomándome por los hombros—. Estás quebrada. Caminas mal —Empujó mi pie y casi caí al suelo.
Me levantó como si fuera un saco y me alzó hasta quedar a su altura.
—Y estás dañada, profundamente dañada — pasó su pulgar con fuerza por la cicatriz que se extendía por mi cuello y hombro—. Espantosa. Una vergüenza.
Mi loba, Indira, había estado desaparecida, iba y venía, y allí decidió aparecer, agitada.
Reaccioné. Lo golpeé con el brazo y fui a mi muslo para buscar una daga que siempre tenía escondida, la que me regaló mi hermano. Pero no estaba. Me habían quitado todo al entrar en la manada, era la fuerza de la costumbre. Tiziano se molestó y me dejó caer al suelo. Estaba tan débil. Ya no era la Nora de antes.
Cuando intenté levantarme, él se agachó a mi lado y me gritó:
—¿Te crees una guerrera? Eso quedó en el pasado. Tu hermanito no vendrá a ayudarte. Renunciaste a todo eso por esta alianza, ¿lo recuerdas? Eres mía. Estás bajo mi poder para hacer lo que yo desee. Y esta noche… estarás condenada.
Me tomó del cabello para obligarme a levantar el rostro y mirarlo.
—Te voy a decir lo único bueno que tienes —espetó—. Y no, no es que tu familia sea importante ni que nos dé protección, tampoco que tengas sangre de alfa. Eres una bastarda, que no se te olvide. Lo único bueno de ti, casi loba, es que no puedes hablar. Esa es tu única bendición. Es lo que cualquier hereje pide: una mujer en silencio, una mujer que haga su trabajo. Y sabes bien cuál es el tuyo.
Tenía que guardar fuerzas para lo que, lamentablemente, se venía.
Tiziano se levantó y se acomodó el cabello y la ropa.
—Te espero ahí, en el altar, “casi loba”. Y más te vale que te comportes y no me hagas pasar vergüenza. Suficiente malo es casarse con una mujer rota como tú —escupió, y salió por la puerta.
De reojo vi en la entrada a las omegas, temblando.
Eso era lo que se vivía aquí: terror, violencia e incertidumbre. Al parecer, todos se habían acostumbrado a eso, pero yo no.
Mi futuro esposo era peor que su padre, y eso era decir bastante. Peor de lo que me imaginé. Estaba sola, débil, sin fuerzas. Y arrepentida de mi decisión.
—Es hora, nuestra dama —dijeron las omegas, inclinándose ante mí.
Sus ojos brillaban aún con el miedo. Estaban contentas, aunque mi nombre sería “dama”. Aquí las Lunas no existían.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Reclamada por el mate prohibido