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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 381

En el hospital, ya le habían extraído los pedazos de vidrio del hombro a Alejandro, pero la herida original se había vuelto a abrir, así que necesitaba que la limpiaran y la vendaran de nuevo.

—Te espero afuera, si necesitas cualquier cosa, llámame.

Valeria levantó la mano y le acarició el rostro, con la mirada llena de preocupación.

Al menos, esa era la impresión que daba.

—Tranquilo, estaré justo afuera.

El hombre le dedicó una mirada superficial.

—Precisamente porque estás afuera es que no estoy tranquilo. ¿Por qué no te vas a casa?

—Pero qué cosas dices —murmuró ella por lo bajo—. Soy la persona que más se preocupa por ti. Si me voy a casa, no podré pegar un ojo en toda la noche.

Esa clase de intercambio, para cualquiera que los viera desde afuera, no era más que un tierno coqueteo.

La enfermera a su lado sonrió a escondidas, con una mirada cómplice.

—Señorita Figueroa, mientras tengan un poco más de cuidado a partir de ahora, la herida del señor Silva sanará muy pronto. No tiene de qué preocuparse.

—Háganlo con cuidado, por favor, no lo vayan a lastimar.

Valeria repitió sus recomendaciones un par de veces más mientras los veía entrar a la sala.

Al cerrarse la puerta, Valeria se recargó contra la pared y dejó escapar un largo suspiro. Alejandro Silva le había salvado la vida una vez más.

Lo de esa noche parecía un accidente, pero en realidad, todo estaba muy raro. Era evidente que el ataque iba dirigido a ella.

¿Quién estaría detrás de todo esto?

¿La familia Longoria?

No.

Octavio Longoria apenas podía lidiar con sus propios problemas ahora mismo, y su hijo seguía internado en el hospital. No tenían necesidad de apresurarse a hacer algo así en este momento.

¿Aitana Garza?

Al pensar en esa posibilidad, los ojos brillantes de Valeria se entrecerraron ligeramente.

No supo cuánto tiempo pasó antes de que la puerta del consultorio se abriera.

Alejandro llevaba puesta una bata de hospital; su camisa ensangrentada ya había terminado en la basura.

—¿Te duele? —Valeria se acercó rápidamente a sostenerlo, hablando con voz dulce—. Si te sientes mal, apóyate en mí. Yo te sostengo.

Antes de que el hombre pudiera soltar un suspiro de impaciencia, ella apretó los ojos con fuerza.

—A dormir, a dormir.

Alejandro se quedó en silencio.

Apagaron las luces y la habitación quedó sumida en la oscuridad.

Él abrió los ojos y miró el techo, con una bruma densa ocultando la profundidad de sus pupilas oscuras.

—

A las tres de la madrugada, todo el hospital estaba envuelto en un silencio absoluto. El más mínimo ruido podía generar eco.

Valeria abrió los ojos. El hombre a su lado respiraba de forma acompasada; incluso dormido, su figura imponente mantenía una postura perfecta y disciplinada.

Aprovechando la luz de la luna que entraba por la ventana, observó su perfil definido y hermoso, tan cautivador que era imposible apartar la mirada.

Valeria se quedó contemplándolo un rato, sintiendo una repentina oleada de calidez. Se inclinó y depositó un suave beso en su barbilla antes de bajarse de la cama con movimientos sigilosos.

Con sus recientes visitas al hospital, ya conocía bastante bien el lugar. Cruzó un par de pasillos hasta llegar al balcón de la zona VIP, un área amplia y muy cómoda.

Apoyado en el barandal, un hombre permanecía de pie, con una postura firme y erguida. Con las luces de la ciudad desenfocadas de fondo, su perfil no se distinguía con claridad. Solo se notaba la fina confección de su traje envolviendo su figura impecable, mientras que sus ojos oscuros parecían destellar con el brillo de un diamante.

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